“La casa de Asterión” [en El Aleph (1949), Volumen 2, Prosa
Completa.Barcelona: Bruguera, 1980, pp. 52-54]
Jorge Luis Borges
Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca; III, I
Sé que me acusan de soberbia. Y tal vez de misantropía, y tal vez de
locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo, son irrisorias). Es verdad que no salgo de
mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)[1] están
abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que
quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la sociedad.
Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los
que declaran que en Egipto hay una parecida. Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en casa. Otra especie
ridícula es que yo, Asterión, soy prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta
cerrada, añadiré que no hay cerradura?
Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví,
lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se
había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido.
La gente oraba, huía, se prosternaba;
unas se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas. Otros juntaban
piedras. Algunos, creo, se ocultaron bajo el mar. No en vano fue una reina mi
madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia quiera.
El hecho es que soy único. No me
interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo,
pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y
triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo
grandes; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta
impaciencia generosa no ha consentido que yo aprenda a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días
son largos.
Claro que no faltan las distracciones.
Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta
rodar el suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o la vuelta de un corredor y juego que buscan. Hay azoteas
desde las que me dejo caer hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a
estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa (a veces me
duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los
ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que
viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo:
Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora
desembocamos en otro patio o Bien
decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora
verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás como el sótano se bifurca.
A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos;
también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas
veces, cualquier lugar en otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre: son catorce
(son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios. Aljibes. La casa es del
tamaño del mundo, mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar
patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la
calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendía hasta que
una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los
mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay
en el mundo que parecen estar una sola vez; arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizás yo he creado las estrellas
y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa
nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el
fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Unos tras
otros caen sin que yo me ensangrente las manos. Donde cayeron, quedan, y los
cadáveres ayudan a distinguir unas galerías de las otras. Ignoro quiénes son,
pero sé que uno de ellos ya profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez
llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive
mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos
los rumores del mundo yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con
menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un
toro o un hombre? ¿O será como yo?
El sol de la mañana reverberó en la
espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? –dijo Teseo-.
El minotauro apenas se defendió.
Actividad.
1.
Realice, en dos párrafos, la trama del cuento de Borges.
2.
¿Cuál es el agumento del cuento “La casa de Asterión?
3.
¿Cuál es el punto de vista del cuento? Ilústrelo con varios enunciados.
4.
De acuerdo con el contexto sustituya las palabras en negrilla por un
sinónimo, de modo que conserve el sentido original. Realice los cambios que
estime conveniente en el contexto lingüístico.
5.
Para comprender mejor el cuento investigue: a. Quién es Asterión; b. la
biografía de Borges y el contexto literario en el cual se desempeña el autor.
6.
Vuelva a narrar el cuento desde el punto de vista de Teseo. Introduzca los
cambios que considere necesarios.
[1]El original dice catorce, pero sobran motivos para
inferir que, en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos.

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