Teseo fue uno de los más importantes héroes griegos y, como muchos de
ellos, su vida tuvo un desenlace trágico. Para encuadrar y comprender su
historia es preciso referirse al rey de Creta, Minos, que estaba casado
con Pasífae, a la que Poseidón había
infundido una pasión irresistible por un toro de noble estampa, librado por
Minos del sacrificio. El caballo era un animal asociado a Poseidón en recuerdo
de su origen primitivo, una vez convertido en dios del mar, acogió como propio
al toro, símbolo de la fuerza y de la fertilidad, común en las culturas del
Oriente próximo. Según el mito, el dios del mar envió a Minos, un toro de
blanco deslumbrante destinado al sacrificio que Minos no sacrificó, en castigo
infundió a Pasífae pasión por el toro, con el cual engendraría al Minotauro.
Minos
consultó a un oráculo para saber cómo podía evitar mejor el escándalo y ocultar
la deshonra de Pasífae. La respuesta fue: «Ordena a Dédalo que te construya un
retiro en Cnosos.» Dédalo lo hizo y Minos pasó el resto de su vida en el
recinto intrincado llamado el Laberinto, en el centro del cual ocultó a Pasífae
y el Minotauro.
Pasífae había Confiado
su pasión no natural a Dédalo, el famoso artífice ateniense que vivía
desterrado en Cnosos deleitando a Minos y su familia con las muñecas de madera
animadas que tallaba para ellos. Dédalo prometió ayudarla y construyó una vaca
de madera hueca que cubrió con un cuero de vaca, le puso ruedas ocultas en sus
pezuñas y la llevó a la pradera de las cercanías de Cortina donde el toro de
Poseidón pacía bajo las encinas entre las vacas de Minos. Luego, después de
enseñar a Pasífae cómo se abrían, las puertas corredizas situadas en la parte
trasera de la vaca, y a entrar en ella con las piernas metidas en los cuartos
traseros, se retiró discretamente. El toro blanco no tardó en acercarse y
montar a la vaca, de modo que Pasífae vio satisfecho su deseo y a su tiempo dio
a luz al Minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo humano.
De modo que, con el
auxilio del escultor, arquitecto e inventor Dédalo, ateniense exiliado en Creta,
la reina pudo satisfacer su pasión por el animal, concibiendo un monstruo con
cuerpo de hombre y con cabeza de toro, al que Minos mandó encerrar en un
laberinto construido por el propio Dédalo. Al sospechar el rey que el
arquitecto había ayudado a su esposa, lo encerró también en el edificio en
compañía de su hijo Ícaro. Sin embargo, los dos prisioneros consiguieron huir:
el ingenioso Dédalo construyó unas alas y las adhirió con cera a su cuerpo y al
de su hijo, de tal manera que pudieron escapar volando. Imprudente o tal vez
embriagado por la sensación de remontar la altura, Ícaro se acercó demasiado al
sol y, desprendidas sus alas por el calor, cayó al vacío y murió. Entretanto,
Minos había impuesto a Atenas el envío anual de catorce jóvenes de ambos sexos,
que eran entregados al Minotauro en su laberinto.
Como «Pasífae», según Pausanias, es un título de
la Luna, e «Itona» su otro nombre, un título de Atenea como hacedora de lluvia,
el mito de Pasífae y el toro indica un casamiento ritual bajo una encina entre
la sacerdotisa de la Luna, que llevaba cuernos de vaca, y el rey Minos, que
llevaba una máscara de toro. Según Hesiquio, «Gortis» es el equivalente de Carten,
la palabra cretense que significa vaca; y el casamiento parece haber sido
entendido como realizado entre el Sol y la Luna, puesto que había un rebaño de
vacas consagrado al Sol en Cortina. La retirada discreta de Dédalo de la
pradera indica que el acto no se consumaba públicamente al estilo picto o
mesino. A muchos griegos posteriores les disgustaba el mito de Pasífae y
preferían creer que había tenido un amorío no con un toro, sino con un hombre
llamado Tauro (Plutarco: Teseo 19; Palepato: Sobre fábulas increíbles
ii). Los toros blancos, que estaban consagrados peculiarmente a la Luna,
figuraban en el sacrificio anual que se realizaba en el monte Albano de Roma,
en el culto de Dioniso Tracio, en el ritual del muérdago y la encina de los
Druidas galos y, según el Libro de la
Vaca Parda, en los ritos adivinatorios que precedían a una antigua
coronación irlandesa[1].
El
palacio de Minos en Cnosos era un conjunto intrincado de habitaciones,
antesalas, vestíbulos y corredores en el que un visitante del campo podía
perderse fácilmente. Sir Arthur Evans sugiere que éste era el Laberinto,
llamado así por la labrys o hacha de cabeza doble, emblema familiar de la
soberanía cretense en forma de una luna creciente y una luna menguante unidas
de espaldas y que simbolizaba tanto el poder creador como el poder destructor
de la diosa. Pero el laberinto de Cnosos tenía una existencia separada del
palacio; era un verdadero laberinto; parece que estaba dibujado en mosaico
sobre un pavimento como un patrón de baile ritual, patrón que se da también en
lugares tan separados como Gales y el nordeste de Rusia, para utilizarlo en la
danza laberíntica de la Pascua de Resurrección. Esta danza se bailaba en Italia
(Plinio: Historia natural xxxvi.85) y en Troya (Escoliasta sobre Andrómaca
de Eurípides 1139), y parece haber sido introducida en Britania hacia fines del
tercer milenio a. de C. por inmigrantes neolíticos provenientes del África del
norte. Homero describe el laberinto de Cnosos (Ilíada xviii.592) así:
“Dédalo ideó en Cnosos un suelo para que danzase la rubia Ariadna y Lucitano se
refiere a danzas populares cretenses relacionadas con Ariadna y el Laberinto”[2].
En Atenas reinaba por
entonces Egeo. Durante un viaje tuvo relaciones amorosas con Etra, hija del rey
de Trecén, y engendró un varón, al que dejó con su madre, no sin antes
encomendarle debería presentarse a él cuando fuera capaz de levantar una
gigantesca piedra bajo la que había ocultado su espada y sus sandalias. Este
niño era Teseo y cuando creció tomó los objetos de su padre y su puso en camino
hacia él, librando de paso a la región de los bandidos que la saqueaban. Cuando
llegó a Atenas, su padre no lo reconoció y a instancias de Medea (hija de
Eetes, sacerdotisa de Hécate, la gran diosa de la magia), su esposa, que por
dotes mágicas sabía quién era, le encargó la muerte del toro de Maratón, fiero
animal que Heracles había traído de Creta en su séptimo trabajo. Realizada la
hazaña y reconocido Teseo como hijo de Egeo, Medea que había intentado darle
muerte, huyó a su país de origen en las costas del Mar Negro.
Cuando llegó nuevamente
el período en que los atenienses debían enviar el tributo de jóvenes a Minos,
Teseo se ofreció voluntario para acabar con el Minotauro: si tenía éxito en la
empresa, a su regreso izaría en el mástil del barco una bandera blanca. A la
llegada del héroe a Creta, Ariadna, hija de Minos y Pasífae, se enamoró de él y
en secreto le ofreció su ayuda a cambio de que Teseo le prometiera llevarla con
él a Atenas. Así lo hizo el héroe y la joven le entregó un ovillo de hilo, cuyo
extremo fijó Teseo a la entrada del laberinto y, desenrollándolo a medida que
avanzaba, llegó hasta la estancia del Minotauro y lo mató a puñetazos. Después
fue recogiendo el hilo tendido por los intrincados pasadizos y tortuosidades y
logró salir del laberinto con sus compañeros. Tras recoger a Ariadna, todos
emprendieron el regreso a Tenas, pero al hacer escala en una isla una violenta
tempestad obligó a Teseo a abandonar a la joven cretense. Encontrada por
Dioniso, el dios de la alegría, se desposó con ella en solemne ceremonia.
Teseo, por su parte, cuando ya alcanzaba las costas atenienses, olvidó izar la
bandera blanca, por lo que su padre, desesperado, se arrojó al mar. El héroe,
entristecido, heredó el trono de Atenas, donde gobernó con prudencia.
En otra ocasión, Teseo
acompañó a Heracles en su noveno trabajo cuando éste fue en busca del cinturón de la reina de las amazonas,
Hipólita, a la cual se lo había entregado Ares como símbolo de poder; la reina,
simulando la entrega, tendió una emboscada a Heracles que tuvo que matarla para
tomar su cinturón y llevarlo a Micenas. Teseo capturó a una amazona, con la que
tuvo un hijo llamado Hipólito. Las amazonas, en represalia, invadieron la
región de Atenas y se produjo una sangrienta batalla, cuya victoria final
correspondió al ejército de Teseo.
Pasados unos años, el héroe contrajo
matrimonio con Fedra, hermana de Ariadna, a fin de estabilizar las tensas
relaciones entre Atenas y Creta. La esposa, una vez que conoció al ya crecido y
apuesto Hipólito, se enamoró de él, pero el joven, que se había dedicado a
Artemis, rehuía el trato femenino. Artemis era hija de Zeus y de su sexta esposa, Leto; su figura
aparece asociada a la de su hermano gemelo Apolo; Artemis es la diosa virginal
de la caza, es la diosa de la Naturaleza en estado puro; en compañía de un
cortejo de ninfas –espíritus de las aguas dulces- recorre los bosques con su arco
siempre a punto.
La lucha de Fedra entre el deber hacia
el esposo y la pasión por el hijastro desencadenó la tragedia. Fedra,
rechazada, se ahorcó culpando a Hipólito de sus propias intenciones, por lo
cual Teseo maldijo a su hijo. Éste murió destrozado bajo un carro al ser
espantado por un monstruo marino los caballos que lo conducían. Sin embargo su
dignidad fue recobrada: Artemis hizo saber a Teseo la verdadera historia de
Hipólito y el héroe comprendió entonces su error; el profundo respeto y amor por
su hijo pasó a ser considerado como modelo del deber filial. A Teseo[3] también
se le conoce por su bajada a los infiernos en busca de Perséfone[4]
El animal mítico
Los hombres del pasado como los del presente son compendios de actos
mágicos, concebidos para crear nexos afectivos entre sí y con el mundo que los
rodea: atan, encantan, conjuran fuerzas de la naturaleza. En el mundo que los
rodea el hombre ha estado atraído de modo especial, según necesidades vitales,
hacia la sacralidad de los animales. Entre los animales selecciona aquello que
llegan a tener más importancia en su economía, en sus relaciones sociales, o a
los que a sus ojos representan las formas elementales que rigen su vida,
instaurando en cada ocasión relaciones mágico-totémicas, prescripciones y
tabúes, ritos de todo tipo, adecuados, de conformidad con sus representaciones,
para lograr la conexión (co-ligamiento,
religio): se pone en marcha una voluntad dirigida a crear un nexo, si no
indisoluble, por lo menos capaz de actuar con cierta eficacia. Logra, entonces
una comunión, una unión mística entre el yo y el no yo: elemento fundamental de
cualquier acto mágico-religioso.
“Características constantes de muchas
de estas ceremonias son la ruptura (real o simbólica), la imploración-adoración
y, por último, la muerte (real o simbólica) del animal, unido todo ello
siempre, cumple decirlo, a danzas propiciatorias o conmemorativas: actos
durante los cuales “se pide perdón” al animal, se le asegura que su muerte se
produce por su propio bien, o que en realidad no se le mata, pues de alguna
forma seguirá viviendo”. La elección del animal principal o exclusivamente
sagrado, en el contexto de un grupo social dado está dictado por circunstancias
ambientales y, quizás, también, por instinto de conservación. De ello se
desprenden razones por las cuales el toro en la Creta antigua, fue elegido como
emblema mágico y colocado casi en el centro del interés totémico. Su aspecto lo
convierte casi en un símbolo, en un emblema de la virilidad y acaso un significado
primordialmente fálico. También asociado
a las relaciones entre la vida y la Tierra y, a través de dicha
mediación, símbolo de la fertilidad. “Su lomo negro, sus cortas y robustas
patas hacen que parezca nacido de la tierra, quedando así vinculado al mundo
subterráneo, a las potencias chthónias, a las cavernas”

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