martes, 8 de mayo de 2012

El mito de Fausto, Don Juan y Don Quijote



La modernidad entendió el mito en sentido peyorativo: “ilusión”, “historia ficticia”, “mentira”, elemento sobrenatural que no cabe dentro de lo real. Había necesidad de racionalizarlo todo, por tanto, todo lo que no cayera dentro de esta esfera, carecía de validez. Sin embargo, hoy sabemos que el mito se caracteriza por formar parte de la vida real, especialmente de los hombres arcaicos que lo viven no desde fuera, en forma abstracta, sino desde sus existencias (valga el neologismo), penetrándose de su atmósfera sobrehumana para hacer girar la vida conforme a los preceptos que crean y viran en torno al mito. En este sentido, conocer el mito, significa conocer la creación, el origen de las cosas; entender este origen permite el control sobre eso conocido y significado; así mismo encarna el acceso a vivir dominando la potencia sagrada, manteniéndola, respetándola como modelo. Ello significa que el hombre vive el mito, vive con el mito y de acuerdo con él. Tal realidad sobrenatural y su reactualización, a través del rito, forman parte de su realidad, sobrepasando, incluso su entorno para convertirse en modelo a seguir en todos los tiempos. De igual manera como los Seres Sobrenaturales actuaron, así el hombre deberá ser y vivir; de este modo, desde el rito, se pasará de una realidad cotidiana a aquella en la que el tiempo no cambia, convirtiendo ese pasado en presente, presente eterno, tiempo sagrado, como parte de lo que está en el origen, en la causa que ha dado cabida al hombre al mundo, al cosmos.
En lo que viene a continuación, vamos a adentrarnos en otro aspecto del mito, su necesidad de apropiarse de las fuerzas últimas de la naturaleza, pero, en este caso a través de las potencialidades de la racionalidad expresada en la individualidad de la sociedad del momento; y, al mismo tiempo, saber que esas potencialidades no bastan por sí solas para habilitar al hombre en concordancia con las reglas divinas, con las reglas morales, con los imperativos de los impulsos espirituales, por lo que se ve abocado a llamar a las fuerzas oscuras de esa misma naturaleza, esa parte que viene a ser el desorden; pero, en este caso, desorden creador.
Es importante tener en cuenta que el mito, desde la perspectiva simbólica, representa sentidos más amplios y perdurables de lo que literalmente denotan las acciones que contienen y representan, pero ello no implica que estén más allá o por encima de la razón. Ahora, los mitos que tienen que ver con la modernidad (Fausto, Don Juan, Don Quijote y Robinson Crusoe), no son propiamente sagrados, en este sentido, el mito aquí nombrado tiene el siguiente sentido, desde la perspectiva de Ian Watt: “una historia tradicional que es excepcional y muy ampliamente conocida en toda la cultura, que tiene la credibilidad de una creencia histórica o quasi-histórica y que incorpora o simboliza algunos de los valores más elementales de la sociedad”[1]
Se ha mencionado arriba que son mitos de la individualidad; veamos cómo entender esta individualidad en el Renacimiento, lugar desde donde empieza atener cuerpo esta expresión. Los términos individual e individualidad derivan del latín individuus, que significa “indiviso”, “indivisible”. El primer comentario de importancia en torno a estos términos aparece en el estudio clásico, La cultura del renacimiento en Italia, de Jacob Burckhardt (1860)[2]. En la parte que corresponde a “El desarrollo de la individualidad”, en términos de Ian Watt, que retoma a Burckhardt, sería: “[…] se centra en el contraste que se da, por una parte, entre el pueblo de las sociedades anteriores y, por otra,  un florecimiento sin precedentes de la ‘libre personalidad´ que es propio del renacimiento en Italia, particularmente en Florencia. Antes del Renacimiento, según proposición de Burckhardt, el hombre era ‘consciente de sí mismo solamente en calidad de miembro integrante de una raza, un pueblo, un partido, una familia o una corporación determinada, esto es, solamente en tanto que parte de una categoría genérica’. Fue en Italia donde ‘por vez primera se diluyó esta veladura en el aire. Así fue posible un tratamiento objetivo del estado y de todas las cosas de este mundo. Al mismo tiempo se reafirmó el aspecto subjetivo, y esa reafirmación se llevó a cabo con el énfasis correspondiente: el hombre pasó a ser un individuo espiritual, y como tal empezó a reconocerse’” (Watt, 1999: 132). Lo anterior nos está diciendo que los hombres de esta época, Dante, Petrarca, Aretino, da Vinci, eran capaces de vivir de acuerdo con sus propias conviiciones, con la firme creencia de que la propia perfección del hombre era el objetivo supremo de la vida humana.
Fausto, don Quijote y don Juan, aunque personajes dispares en sus acciones y comportamientos, encarnan la definición que del individualismo encontramos en los diccionarios: “sentimiento o conducta egocéntrica por principio…; acción o pensamiento individual libre e independiente; egoísmo”. Veamos: “Los tres tienen un ego exorbitante; lo que los tres deciden tratar de hacer es algo que nadie ha hecho antes; se trata por completo de una elección tomada libremente; los tres llevan una empresa adelante a toda costa, y en los casos de Fausto y de don Juan no sólo a costa de sus vidas, sino también a costa de la eterna condenación de sus almas. Entre los tres, al menos dos, don Quijote y don Juan, buscan la fama personal o la gloria; los tres operan sin el menor respeto a la ‘raza, el pueblo, el partido, la familia o la corporación’, por emplear la frase de Burckhardt”. Los tres adoptan una postura que se puede definir ego contra mundum. Viven cada uno su vida sin que les afecte, y sin que apenas se percaten de los intermediarios normativos  que existen entre ellos mismos y las realidades sociales e intelectuales que les circundan. Los tres, por decisisión libre y personal, son viajeros; los tres, son, ante todo, nómadas solitarios. Ninguno de los tres mantiene relaciones íntimas o al menos estrechas con otros hombres y mujeres de talante similar al suyo. Los tres forman un único vínculo más o menos estrecho con un criado (Mefistófeles, Catilinón, Sancho Panza). Así, pues, sus similitudes tienen una relación analítica con el concepto del individualismo. Además, podemos ver, se trata en lo esencial de rasgos negativos, de modo que los tres personajes se defien por sus carencias (Watt, 1999: 133-136). 


[1] Ian Watt (1999), Mitos del individualismo moderno. Fausto,  Don Quijote, Don Juan y Robinson Crusoe. New York: Cambridge Universite Press, p.12
[2] Jacob Burckhardt, La cultura del renacimiento en Italia. Madrid: Sarpe, 1985.

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