La modernidad entendió el mito en sentido peyorativo: “ilusión”,
“historia ficticia”, “mentira”, elemento sobrenatural que no cabe dentro de lo
real. Había necesidad de racionalizarlo todo, por tanto, todo lo que no cayera
dentro de esta esfera, carecía de validez. Sin embargo, hoy sabemos que el mito
se caracteriza por formar parte de la vida real, especialmente de los hombres
arcaicos que lo viven no desde fuera, en forma abstracta, sino desde sus
existencias (valga el neologismo), penetrándose de su atmósfera sobrehumana
para hacer girar la vida conforme a los preceptos que crean y viran en torno al
mito. En
este sentido, conocer el mito, significa conocer la creación, el origen de las
cosas; entender este origen permite el control sobre eso conocido y
significado; así mismo encarna el acceso a vivir dominando la potencia sagrada,
manteniéndola, respetándola como modelo. Ello significa que el hombre vive el
mito, vive con el mito y de acuerdo con él. Tal
realidad sobrenatural y su reactualización, a través del rito, forman parte de
su realidad, sobrepasando, incluso su entorno para convertirse en modelo a
seguir en todos los tiempos. De igual manera como los Seres Sobrenaturales
actuaron, así el hombre deberá ser y vivir; de este modo, desde el rito, se pasará
de una realidad cotidiana a aquella en la que el tiempo no cambia, convirtiendo
ese pasado en presente, presente eterno, tiempo sagrado, como parte de lo que
está en el origen, en la causa que ha dado cabida al hombre al mundo, al
cosmos.
En lo que viene a continuación,
vamos a adentrarnos en otro aspecto del mito, su necesidad de apropiarse de las
fuerzas últimas de la naturaleza, pero, en este caso a través de las
potencialidades de la racionalidad expresada en la individualidad de la
sociedad del momento; y, al mismo tiempo, saber que esas potencialidades no
bastan por sí solas para habilitar al hombre en concordancia con las reglas
divinas, con las reglas morales, con los imperativos de los impulsos
espirituales, por lo que se ve abocado a llamar a las fuerzas oscuras de esa
misma naturaleza, esa parte que viene a ser el desorden; pero, en este caso,
desorden creador.
Es importante tener en cuenta que el mito, desde la
perspectiva simbólica, representa sentidos más amplios y perdurables de lo que
literalmente denotan las acciones que contienen y representan, pero ello no
implica que estén más allá o por encima de la razón. Ahora, los mitos que
tienen que ver con la modernidad (Fausto, Don Juan, Don Quijote y Robinson
Crusoe), no son propiamente sagrados, en este sentido, el mito aquí nombrado
tiene el siguiente sentido, desde la perspectiva de Ian Watt: “una historia tradicional
que es excepcional y muy ampliamente conocida en toda la cultura, que tiene la
credibilidad de una creencia histórica o quasi-histórica y que incorpora o
simboliza algunos de los valores más elementales de la sociedad”[1]
Se ha mencionado arriba que son mitos de la
individualidad; veamos cómo entender esta individualidad en el Renacimiento,
lugar desde donde empieza atener cuerpo esta expresión. Los términos individual e individualidad derivan del latín individuus, que significa “indiviso”, “indivisible”. El primer
comentario de importancia en torno a estos términos aparece en el estudio
clásico, La cultura del renacimiento en
Italia, de Jacob Burckhardt (1860)[2]. En la
parte que corresponde a “El desarrollo de la individualidad”, en términos de
Ian Watt, que retoma a Burckhardt, sería: “[…] se centra en el contraste que se
da, por una parte, entre el pueblo de las sociedades anteriores y, por otra, un florecimiento sin precedentes de la ‘libre
personalidad´ que es propio del renacimiento en Italia, particularmente en
Florencia. Antes del Renacimiento, según proposición de Burckhardt, el hombre
era ‘consciente de sí mismo solamente en calidad de miembro integrante de una
raza, un pueblo, un partido, una familia o una corporación determinada, esto
es, solamente en tanto que parte de una categoría genérica’. Fue en Italia
donde ‘por vez primera se diluyó esta veladura en el aire. Así fue posible un
tratamiento objetivo del estado y de
todas las cosas de este mundo. Al mismo tiempo se reafirmó el aspecto subjetivo, y esa reafirmación se llevó a
cabo con el énfasis correspondiente: el hombre pasó a ser un individuo espiritual,
y como tal empezó a reconocerse’” (Watt, 1999: 132). Lo anterior nos está
diciendo que los hombres de esta época, Dante, Petrarca, Aretino, da Vinci,
eran capaces de vivir de acuerdo con sus propias conviiciones, con la firme
creencia de que la propia perfección del hombre era el objetivo supremo de la
vida humana.
Fausto, don Quijote y don Juan, aunque personajes
dispares en sus acciones y comportamientos, encarnan la definición que del
individualismo encontramos en los diccionarios: “sentimiento o conducta
egocéntrica por principio…; acción o pensamiento individual libre e
independiente; egoísmo”. Veamos: “Los tres tienen un ego exorbitante; lo que
los tres deciden tratar de hacer es algo que nadie ha hecho antes; se trata por
completo de una elección tomada libremente; los tres llevan una empresa
adelante a toda costa, y en los casos de Fausto y de don Juan no sólo a costa
de sus vidas, sino también a costa de la eterna condenación de sus almas. Entre
los tres, al menos dos, don Quijote y don Juan, buscan la fama personal o la
gloria; los tres operan sin el menor respeto a la ‘raza, el pueblo, el partido,
la familia o la corporación’, por emplear la frase de Burckhardt”. Los tres
adoptan una postura que se puede definir ego
contra mundum. Viven cada uno su vida sin que les afecte, y sin que apenas
se percaten de los intermediarios normativos
que existen entre ellos mismos y las realidades sociales e intelectuales
que les circundan. Los tres, por decisisión libre y personal, son viajeros; los
tres, son, ante todo, nómadas solitarios. Ninguno de los tres mantiene
relaciones íntimas o al menos estrechas con otros hombres y mujeres de talante
similar al suyo. Los tres forman un único vínculo más o menos estrecho con un
criado (Mefistófeles, Catilinón, Sancho Panza). Así, pues, sus similitudes
tienen una relación analítica con el concepto del individualismo. Además,
podemos ver, se trata en lo esencial de rasgos negativos, de modo que los tres
personajes se defien por sus carencias (Watt, 1999: 133-136).
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