“Sevilla a veces me llama
el Burlador, y el mayor
gusto que en mi puede haber
es burlar una mujer
y dejarla sin honor”.
Don Juan, también llamado burlador o libertino, trata de un seductor
valiente y osado hasta la temeridad que no respeta ninguna ley divina o humana;
en algunas versiones se arrepiente al final de sus días, en otras no. En todo
caso, es un personaje arquetípico, configurado en la literatura
española y con larga descendencia literaria europea, creado por Tirso
de Molina, posteriormente recreado en la misma España por José
Zorrilla. Ha sido una de las aportaciones literarias y míticas más productivas
de la literatura española a la cultura en general: Don Giovanni de Mozart, el Poema sinfónico de Richard Strauss; Don Juan o El festín de piedra de Molier, Don
Juan de Lord Bayron, para nombrar sólo algunos[1].
El
personaje es antiguo y fácil de encontrar en Grecia y en la Roma precristiana.
El Ars amandi de Ovidio (43 AC- 17 DC) es el primer manual, el más cínico y el
más perfecto del amor donjuanesco, y el mismo Ovidio fue un donjuan, con
todas sus glorias y sus miserias.
El primer ejemplo del personaje lo creó, según algunos, Tirso
de Molina, en su obra El burlador de Sevilla y el convidado de
piedra, 1630; según otros, esta obra sería una refundición de
otra, conocida como Tan largo me lo fiáis, que podría atribuirse a Andrés
de Claramonte. En cualquier caso, hay en el teatro ciertos
antecedentes del tipo del fanfarrón y seductor en la cultura popular, en los romances, igualmente el tema del convidado de piedra (quien desprecia a los muertos y acepta temerariamente la invitación de
uno de ellos). En consecuencia, el mito debió de existir mucho antes de tomar
cuerpo literario.Desde el siglo XVII se dio crédito a la idea de que Don Juan Tenorio existió realmente y fue
un caballero malagueño. Se ha especulado que la razón de la elección de tal
apellido por Tirso de Molina pudo ser por la similitud con el verbo tener
(que induce a relacionarlo con el hecho de la posesión) y con el sustantivo tenor
(que lo relaciona con la voz masculina).[]
Don Juan es el mito del disoluto que va de mujer en
mujer, del atrevido que convida a cenar a un muerto. Eso significa que el mito hay dos
aspectos importantes a tener en cuenta. En primer lugar está Don Juan que vive
su vida en absoluta libertad rompiendo todas las normas y reglas
preestablecidas. Ni la moral, ni la justicia de los hombres tienen valor
alguno, sólo la vida como juego y disfrute tienen sentido. En segundo lugar el
mito de la calavera cuyas raíces corresponden a dos rituales principales: el de
iniciación de los jóvenes a la edad adulta, y el del culto a los
antepasados, como forma popular de religión. Los cuentos de tradición oral
hispánicos todavía recogen motivos esenciales de esas dos fuentes, en
particular, el puntapié que un joven borracho propina a una calavera mal
enterrada (que en ciertas versiones latinas medievales pertenece a un juez de
mala vida, o sea, mal enterrado en castigo a su mal ejemplo) y el doble convite
a cenar que se cruzan el muerto así ofendido y su profanador. También quedan
ciertos vestigios de la cena necrológica que tenía lugar el Día de Difuntos,
como en otras muchas culturas, con amplio despliegue de calaveras entre vasos y
platos.
En dichos cuentos populares se repite la
presencia de un cura, como mediador entre “el calavera” y la calavera, así como
las reliquias de santos que el sacerdote proporciona al joven para que acuda
protegido a su cita con el difunto. Estas reliquias suelen impedir que el
último se lleve al otro mundo a su invitado, pero sólo por unos días. Al cabo,
el ofensor muere. A veces es conducido directamente a la tumba. Esta muerte sin
más, y en plena juventud, es el mensaje fundamental. Para el pensamiento
popular no cabe mayor castigo. Pero también significa que el rito de
iniciación ha fracasado. El joven no ha vuelto del reino de la muerte;
solamente ha ido. La cristianización del mito (el cura y las reliquias) también
ha quedado a medias, pues no concluye en la salvación del alma del joven. Sólo
en las versiones cultas, y especialmente en la obra de Zorrilla, se produce
dicha salvación y glorificación del arrepentido. Pero, curiosamente, ni en
este drama ni en El burlador...
aparecen cura ni reliquias protectoras, porque ninguno de los dos parte de la
historia de la calavera ofendida, sino de la historia de un libertino burlador
de mujeres, que apenas se insinúa en algunos romances tradicionales. La
potenciación de este factor, el de la lujuria perversa, convierte al personaje
en doble burlador, de mujeres y de difuntos; rasgo literario que puede
considerarse español.
Pero si examinamos detenidamente el aspecto
esencial, que no es otro que el sentido de la muerte, veremos que en ambas
versiones cultas se está más cerca del sentir popular que de la doctrina
cristiana, a pesar de la intención de sus autores. En El Burlador... de Tirso de
Molina, el Comendador se lleva con él al inmoral al sepulcro, y no hay más.
(“Húndese el sepulcro con Don Juan y Don Gonzalo”). El viaje de la muerte
concluye ahí. En el segundo drama, el Don
Juan de Zorrilla, se produce aquella glorificación y salvación teológicas;
pero es un final claramente postizo.
En la obra de Tirso de Molina el don Juan es
un descreído que varias veces manifiesta su nula fe en que haya otra vida
después de esta, para premiar o castigar nada. No es el típico mujeriego (como
Miguel de Mañara, su presunto inspirador) que peca y se arrepiente. El
verdadero Don Juan está más cerca de la opinión de la gente común que, al
menos en Andalucía, sólo iba a la Iglesia el Día de Difuntos, a mantener un
vestigio del antiguo culto a los antepasados, únicos moradores de un más allá
familiar, sin infiernos ni paraísos. Lo que seduce –o seducía- al público de los
teatros no era la leyenda cristinianizada, sino el carácter subversivo del
personaje en todos los órdenes establecidos por la sociedad. (“No hubo para él
segura vida, ni hacienda ni honor”).
En cuanto a que también sea un burlador de
difuntos, su sentido puede ser el siguiente: el culto a los muertos establecido
por la Iglesia, como devoción a las almas del Purgatorio, fue una apropiación
–como tantas otras- de aquellas antiguas devociones a los antepasados
personales. En ese momento, don Juan representa probablemente el inconsciente
del público: toda la sociedad está montada sobre una farsa, o sobre una
injusticia: el poder acumulado en torno a la riqueza hereditaria de la
agricultura, garantizada por hijos legítimos, habidos de mujeres de honestidad
controlada, y bendecida por el más temible de todos los poderes: el de aquellos
que dicen hablar en nombre de los dioses. Ese libertino, salido de sus
filas, busca en destruirlo todo.
Como interés, al
margen, conozcamos, ahora, algunas versiones hispánicas del cuento de la
calavera. La primera que se reproduce viene del pueblo de Terrinches, en la
provincia de Ciudad Real:
El ahorcado convidado
Yo he sentío de las viejas que uno que pasó, un chulo, y había un
ahorcao, y dice:
─¡Ah, estás ahorcao! Pero esta noche me caso ─dice─, te convido a la
boda ─al ahorcao le dijo el mocico aquel.
Y él ya se casó, y entonces había allí... como lo convidó, estaban
comiendo, y entonces le dijo el ahorcao:
─He venío a comer, como me has convidao, pero esta noche a las doce te
espero en el cementerio.
Y entonces, en vez de acostarse con su mujer, tenía que ir al
cementerio. Y antes de llegar al cementerio, se encontró con una mujer que
estaba dando a luz, y tuvo dos melgos [mellizos]. Y entonces, ¿qué hizo él?
Socorrerla.
Y [luego, el ahorcao le] dijo:
─¿Por qué has hecho tan tarde?
Dice:
Porque...
Y dice:
─Pos eso
te ha salvao, que, si no, estabas como yo.
La versión canaria que
a continuación conoceremos es de extraordinario interés, porque integra, como
colofón, el episodio de la visita al infierno, las visiones de ultratumba y la
interpretación que se hace de ellas, que suele aparecer en algunas tradiciones
foráneas, no tanto en las hispánicas:
Un S[eñ]or de este pueblo, iba un día de paseo con otros varios y por
echársela de curro al pasar por el cementerio vio una calavera y le tocó con el
bastón en la cabeza, diciéndole: "Mañana estás convidado a almorzar".
Al día siguiente serían las 10 de la mañana, un caballero bastante
empaquetado le tocó a la puerta. Fue a ver lo que quería y le dijo: "Que
cumpliendo con la invitación que la tarde anterior le había hecho, venía a
almorzar". El de la broma se quedó medio muerto al ver la trasformación de
la calavera. Almorzaron y a la conclusión le dijo: "Yo he venido a su
convite, pero ahora lo convido para que dentro de 10 días, me haga una visita y
me acompañe a comer, para lo que tendrá un caballo a la puerta de su casa al
romper el día, con el fin de que lo conduzca a mi palacio".
Llegó el día tan temido para el pobre que convidó a la calavera, y se
encuentra el caballo atado a la puerta. Temblando como un tullido se montó en
él y después de caminar unas seis horas, llegó a una gran casa, situada en un
punto donde nunca había estado. Salió la calavera a recibirlo y lo condujo a una
habitación suntuosamente arreglada.
Al poco tiempo, principiaron a servir la comida y notó el caballero que
tres señoras lo hacían. La primera muy compuesta entraba de frente y era muy
amable, la segunda de medio lado y con malos modos, y la tercera de culo y con
una cara de diablo. Admirado le preguntó al cadáver qué significaba aquello, a
lo que contestó que había sido casado tres veces; que con la primera mujer se
llevó bien y por eso estaba contenta; que con la segunda tuvo porción de
refunfuños, y por eso estaba enfadada; y con la última siempre estuvo de
pleito, y por eso no quería ni mirarlo. Añadiendo: "Y tu da gracias al
cielo porque yo estoy en gracia de Dios, porque, si no, te llevaba ahora al
infierno. Que eso te sirva de lección para que respetes las almas del otro
mundo, ¡vete!".
El caballero salió atemorizado, jurando no volver a bromear con cosas
sagradas.
Esta otra versión del
relato, sin el colofón de las visiones de ultratumba, es representativa de la
tradición oral del departamento de La Paz, Bolivia:
El cadáver
ofendido
Una vez había un hombre colgado de un árbol. En ese momento un joven
pasaba por ahí y se burló del hombre colgado. Se puso a tirarle piedras y a
decirle que le siguiera, y se fue. Al día siguiente volvió a pasar por allí, y
lo hizo lo mismo. Y así varios días hizo lo mismo. Un día, cuando se disponía a
burlarse del ahorcado, escuchó una voz que le dijo:
─El alma de un muerto no debe ser molestada.
El joven hizo lo mismo y le tiró piedras. Entonces, el ahorcado bajó
del árbol y le siguió. El hombre logró esconderse en la capilla del pueblo,
pero el ahorcado le siguió repitiendo:
─El alma de un muerto no debe ser burlada.
El padre de la capilla le dijo que había una forma de evitar que el
ahorcado se lo llevara y era que esperara con las puertas abiertas al ahorcado,
rodeado de niños que estuvieran despiertos hasta la media noche. El hombre
mantuvo despierto a los niños, pero cinco minutos antes de la media noche estos
se durmieron como por encantados. Entonces el alma del ahorcado entró a la casa
y se llevó al joven al infierno. Me lo contó mi abuelito.
He aquí una importante
versión panameña, con una introducción original ─lo que nos dice de la capacidad de sincretismo cultural en torno
a las leyendas o historias, ese modo de viajar lo foráneo y arraigarse en
territorios─, al mismo tiempoque impregna el resto de la trama de
extraordinarios ingredientes novelescos:
Entre los
cuentos narrados por José Gabino Rivera L. se destaca un Profano en el
Cementerio, donde hace gala de suspenso y dominio del lenguaje vernacular de
nuestras campiñas.
Dicen que
una vez se encontraba en el cementerio del pueblo un grupo de campesinos
haciendo una sepultura para enterrar a un señor que murió de manera natural;
era un señor viejito y pobrecito. Varios dijeron que ya estaba de quitar, por
eso no se escucharon llantos ni lamentos y en el velorio de cuerpo presente
solo rezaron un rosario; hasta dicen que el rezador no rezó la parte que dice:
“Rezamos este rosario por el alma del difunto y pedirle al Señor que si en
alguna pena estuviere, que se sirva de cogerlo por la mano derecha y llevarlo
al refresco de la Gloria Eterna”. Amén. Según la opinión de los asistentes, el
alma del difunto fue rumbo al purgatorio, ese cuerpo había que entregárselo a
la tierra ya. Por eso, el entierro fue ligerito.
Así se
encontraban afanados en el cementerio entre conjunturas y comentarios cuando se
presentó un hombre alto, fornido, bien vestido, montando un potro azulejo
patiblanco de muy buenos andares. Se apeó de su caballo y se acercó a ellos con
una botella de seco ordinario en las manos.
─Buenos días, señores.
─Buenos días, señor.
La
respuesta fue en coro, pero expresiva. Con una mirada larga y turbia por los
efectos del licor recorrió el cementerio y finalmente habló:
─Allí en aquella
esquina están papá y mamá enterrados cerca uno del otro, pero hoy no puedo
visitarlos porque ando apurado. Supe en la cantina que ustedes estaban aquí y
quise distraerles un trago.
La botella
pasó de mano en mano, la ronda fue completa y, cuando volvió a sus manos, se
empinó un trago grande, trepó un pie sobre el ataúd y les dijo:
─Vengo a invitarlos a
mi junta de cortar arroz, habrá mucha chicha de la buena.
Hubo una
pausa. En ese momento, el sepulturero sacó envuelta en una palada de tierra una
calavera casi completa. De inmediato los campesinos se quitaron el sombrero y
se santiguaron en forma reverente. El visitante se acercó a la calavera, le
pegó una patada y le dijo:
─Tu también vai a la
junta, Ñato pendejo, pa’ que tome chicha fuerte y comai buena comida a lo mejol
te muriste de jambre.
Los
campesinos se volvieron a santiguar. El borracho montó su caballo y se retiró
diciendo palabras vulgares acompañadas de carcajada que se escuchaban desde
lejos.
“Con los
muertos no se juega”, expresó uno de los más viejos del grupo.
Allá en el
otro extremo lejano del arrozal, pegado a la montaña apareció un hombre alto,
flaco y amarillo con ojos muy hondos, dentadura grande y brillante. Tenía un
sombrero hundido en la ceja y cortaba mucho arroz, y le solicitó al dueño de la
junta que le pagara el peón mañana.
─Mi trabajo será en la
Iglesia del pueblo a las doce de la noche; no falte, lo estaré esperando.
Al
presentarse, a las doce, le dice el extraño hombre:
─Destape esta bandeja.
Y al
destaparla se le apareció una calavera sangrante que le habló enseguida:
─Mire señor, Ud. me
pateó en el cementerio, y ahora pagará su culpa.
El hombre
huyó, se cayó, se levantó, gritó y rezó. Cuando se sintió perdido, se abrazó
con desesperación al púlpito, y allí lo encontró muerto el sacristán al día
siguiente, cuando abrió la iglesia para la primera misa dominguera.
Los
campesinos estaban seguros de que era un castigo de Dios por profanar a los
muertos.
Nadie se
atrevía a enterrarlo, ni nadie podía explicar el motivo de la tragedia. Solo
los campesinos que enterraron al viejito estaban seguros
de que era un castigo de Dios por profanar a los muertos.
La siguiente versión es
singular, muestra de manera ejemplar de qué modo los relatos viejos y
venerables sereciclan y se actualizan con proteica diligencia en toda época y
lugar, incluyendo el hoy y el aquí (o el cualquier sitio). Está editada en una
página de Internet llamada Estasmuerto.com (la dirección http://www.estasmuerto.com/leyendas/la_cena.html); la página alberga todo tipo de historias, leyendas y rumores, con la
única condición de que sean sangrientos, siniestros y macabros, y de que entren
de lleno dentro del género literario que llamamos leyendas urbanas, tan de buen
recibir por jóvenes y adolescentes. La persona que escribió esta leyenda en tal
página se identificó como “Shakita” y, aunque señala que “se cuenta en mi
pueblo”, no identifica cuál es su pueblo (¿de España?, ¿de Hispanoamérica?),
por lo cual resulta insostenible conocer detalles de la geografía de esta
leyenda, vieja y nueva al mismo tiempo.
La cena
Se cuenta
en mi pueblo que en tiempos de guerra había una familia rica de la que todos
sentían envidia. Había dos chicas en la familia. La mayor, ya casada, tenía 21
años, y la más pequeña, 18.
En la
época en que estaban era muy difícil conseguir comida y, a pesar de que el
pueblo no vivió la guerra en profundidad, también se dejo sentir la hambruna.
Los guerrilleros decidieron así acabar con la familia para apropiarse de sus
pertenencias. Entraron en la casa por la fuerza y se llevaron a los padres, los
asesinaron y dejaron los cuerpos en un bosque cercano. Las hijas no tuvieron
mejor suerte. No solo fueron asesinadas,sino también maltratadas y violadas;
sus cuerpos acabaron mutilados por completo.
Abandonaron
los cuerpos en lugares muy separados. Era como si quisieran torturarlas en vida
y también en muerte. Esa misma noche, unas de las pocas personas con buena
voluntad que quedaban en el pueblo, se acercaron, recogieron los cuerpos y los
enterraron. Cuentan que las gentes volvían la cara al ver el cruel estado de
las jóvenes, las ropas rasgadas, las caras desfiguradas, los pechos cortados y
sangre, sobre todo mucha sangre.
Pasados ya
los años, un grupo de jóvenes decidieron acercarse, para demostrar su valentía,
al lugar donde se había colocado la lápida de una de las dos hermanas. Uno de
ellos, el más ebrio de todos, y el que había propuesto la idea, decidió tomar
una pala y desenterrar el cuerpo para ver si aquella leyenda era verdad o solo
ficción. Comenzó a cavar, bajo las miradas atónitas de los demás.
Efectivamente, allí reposaban los restos de la hermana mayor, pero el joven no
se conformó con esto, sino que sacó la calavera y le pegó una patada diciendo:
─Yo he sido valiente
desenterrándote, ahora sélo tú y hazte presente en cuanto den las doce. Si lo
haces, pagaré tu esfuerzo con los mejores manjares que hayas probado jamás.
Y concluyó
con una carcajada. Luego marcharon, dejando la pala al lado de la tumba
profanada, para que todos pudieran ver su hazaña.
Poco
tiempo después, cuando el chico había vuelto a casa y dormía, sonaron las doce.
Tres golpes secos retumbaron en el caserón donde vivía. El criado, asustado, se
dirigió hacia la puerta, la abrió y vislumbró una sombra negra. Esta avanzó
hacia él y dijo:
─¿Está vuestro señor
en casa? Tengo una cena pendiente con él...
La voz
parecía algo desgarrada, pero al criado le pareció femenina. Subió el criado, y
le comunicó a su amo que una joven deseaba verlo, y que decía algo de una cena.
El chico no daba crédito a lo que oía, y pensó que era una broma de sus
compañeros. Así que se vistió de gala y bajó.
Creyendo
encontrarse ante uno de sus amigos, decidió ordenar que se le sirviera lo mejor
de su despensa, y así demostrar no tener miedo. Habiéndose sentado, el
misterioso invitado habló:
─¿Esto es lo mejor que
me tenéis reservado? Caballero, creí que erais hombre de palabra.
Oyendo
esta voz, el chico se puso en pie, pues no descubrió a ninguno de sus amigos
tras ella. Aquella silueta se levantó, dejando ver una de sus manos, que erizó
el pelo al chico. Se acercó lentamente mientras recorría la capucha de la
túnica para dejar ver su rostro... El chico quedó paralizado, pálido y cayó
desmayado.
Al oír el
golpe, el mayordomo se acercó y encontró a su amo tendido en el suelo. Su
invitado había desaparecido, pero no sin antes dejar una nota que decía:
"Dejad a los muertos descansar en paz".
Cuando el
chico despertó, todos preguntaron qué ocurrió. Entonces el chico balbuceando
consiguió decir:
─...N,n,nooo...d,despper..teiss
a los...muertt...muertos...
El chico
nunca se recuperó de aquello, y se suicidó poco tiempo después.
Cuentan que aquel espectro le atormentaba día
y noche, reclamando aquellos manjares. La casa donde vivió el joven ha sido
convertida en una casa rural y, según cuentan, aún hoy se siguen oyendo los
lamentos de aquel chico, y se ve la sombra de quien le atormentará siempre. La
verdad que yo no lo he visto, pero, sinceramente, prefiero no comprobarlo...
Es evidente que los
relatos mencionados atrás están emparentados por más que tengan acentos diversos: introducciones, tramas,
desenlaces, tópicos o adornos; el caso es que es más lo que les une que lo que
les separa.
El mito de Don Juan en Tirso de
Molina
Argumento del texto de Tirso de Molina, el fraile
mercedario:
Don Juan Tenorio, hijo de noble familia sevillana,
huye de Nápoles después de burlar a la duquesa Isabela, en cuya habitación
había penetrado fingiéndose el duque Octavio, su prometido. Naufraga en las
playas de Tarragona, es llevado a la cabaña de una pescadora, Tisbea, la seduce
bajo palabra de casamiento y huye luego. Llega a Sevilla; entra en la casa de
doña Ana de Ulloa, hija del Comendador don Gonzalo, debido a que consigue
interceptar una carta de aquella en que citaba a su prometido el marqués de la
Mota. Cuando a los gritos de doña Ana, que advierte el engaño, acude su padre,
don Juan lo mata y se da a la fuga. Mientras prenden al marqués de la Mota, don
Juan huye a Dos Hermanas a tiempo en que está para celebrarse allí una boda de
campesinos; aleja el novio con engaños y seduce a la novia deslumbrándola con
sus riquezas y la promesa de matrimonio.
Después de dejar a la infeliz campesina regresa a
Sevilla. Cierto día encuentra en una iglesia la estatua del Comendador, que él
había matado, puesta sobre su tumba; la escarnece y la invita a cenar; el
Comendador acude al convite y le invita a su vez para otra cena en su propia
sepultura.
Don Juan acepta, pero al tender la mano a la estatua, siente que le penetra por ella un fuego que le mata. Grita, pide confesión, pero ésta no llega y muere como un réprobo.
Atiéndase bien a este desenlace, porque es indispensable para entender el drama de Tirso. A lo largo de toda la obra se le amenaza a don Juan con el castigo que pueden acarrearle sus acciones.
Tisbea había tratado de asegurarse de la promesa de matrimonio de don Juan, diciéndole:
“Advierte / mi bien, que hay Dios y que hay muerte”, a lo que responde para sí don Juan, con palabras que ha de repetir muchas veces con cínica temeridad: “¡Qué largo me lo fiáis!”
La España de la época
del surgimiento del mito literario era el colmo de la inmoralidad en todos los
sectores sociales: la burocracia presidida por el rey, la sociedad civil y el
clero, era particularmente notable en Madrid, al fin y al cabo era la capital
del imperio más grande del mundo y como tal, recogía lo selecto y la escoria de
todo el mundo.
La Iglesia española salía apenas de la gran
herejía de los alumbrados, que mezclaba excesos de arrebato místico y de
erotismo e invadía iglesias y conventos de toda la península ibérica.
"La desvergüenza en España se ha hecho
caballería" afirmaba Aminta, una de las engañadas por "el burlador de
Sevilla" y eso se aplicaba a la burocracia y a la sociedad civil. Las
escaladas de conventos y los raptos de novicias con hábito eran, por entonces,
materia común. Legendarios fueron los amoríos del rey Felipe IV (un don Juan avanzado)
y los de Sor Margarita de la Cruz, del convento de San Plácido, amores en los
que participaban la abadesa, las dueñas y los Catalinones o los Ciuttis
cortesanos, como en el teatro.
Parece que el modelo por excelencia para la pieza de
Tirso de Molina fue Don Juan de Tassis, Conde de Villamediana, hermoso varón,
elegante y arrogante, adorado de las mujeres, gran alanceador de toros y mejor
espadachín, atropellador de todas las honras femeninas que se le ocurrieron o
atravesaron y cuya osadía de ostentación llegó al colmo cuando en un torneo de
toros salió a la plaza con una divisa en su lanza que decía: "Son mis
amores reales". Don Juan de Tassis fue asesinado de un tiro de ballesta
una noche oscura en una calle de Madrid. La décima que lo recuerda, atribuida a
Góngora, a Quevedo y a Lope de Vega, comienza así:
Mentidero de Madrid,
Decidme, quién mató al conde?
Y
termina afirmando:
La verdad del caso ha sido
Que el matador fue Bellido
Y el impulso soberano.
Parece ser que este fue el Don Juan que el
abate Tirso de Molina inmortalizó. No es un seductor, pues aunque las mujeres
se le quieren entregar, prefiere tomarlas por atropello y con engaños,
procurando ofenderlas y lastimar lo más a los deudos, padres, maridos, novios o
hermanos; y si en ese camino los hiere o mata, es para su mayor gloria, que
publica a los cuatro vientos. Otras veces prefiere no matarlos, para que sean
ellos mismos quienes canten su ofensa. No es un inmoral, pues no hay reproche
que lo afecte ni remordimiento que lo aborde; no hay norma para él, aunque cree
en el Dios cristiano; su conducta no es inmoral, es inconsciente, es
"amoral". En los lances va hasta el fondo, aunque se levaya la vida,
la cual tampoco tiene en mucho aprecio, pues siempre vive al día.
Tiene un sirviente fiel, por miedo y por
conveniencia, pero irritado, que desaprueba sus atropellos pero lo desembaraza
de percances; muchos autores, han querido ver en ello una conciencia popular.
Don Juan
es el hombre disoluto, es decir, desatado, disuelto en sus identidades hasta
llegar a ser todo y a ser nada. Moral anárquica, explosiva,
proliferante. Su eco viene a ser el Fausto
de Goethe; hombre que quiere alcanzar la medida del universo. Don Juan no
persigue a individuos, sino al género femenino. La mujer que lo atrae es
siempre la mujer de otro. No seduce, burla más bien; formula una promesa verbal
(normalmente, de matrimonio). La mujer es un objeto a conquistar. El fin
perseguido no es el enamoramiento, a veces ni siquiera el acceso sexual: es la
deshonra, la fama de la mujer, maltrecha por un hecho público. En fin, Don Juan
se caracteriza por no volver sobre sus conquistas. El encuentro es siempre
singular, la primera vez es la última. Reconvenido siempre por su criado, le
reprocha su mala vida pero no puede separarse de él. De algún modo, es su
pareja. Don Juan no encuentra nada dentro de las mujeres que burla, pero
tampoco renuncia a seguir burlándolas. Aquí lo que hay es compulsión, repetida
compulsión.
¿Por qué el
género femenino no lo satisface y necesita insistir en la escena de la
deshonra? Una clave la proporciona el propio Tirso al redactar el Burlador,
cuando «tacha» la figura de la madre de Don Juan.Conocemos a su padre, que
reprueba su conducta, sin éxito. Pero de su madre nadie habla. ¿No se sabe
quién es o fue, no se debe o no se puede hablar de ella? ¿Busca Don Juan a su
madre en la mujer deshonrada como género femenino objeto de deshonra? ¿Se
identifica él mismo con ese fantasma materno?
Al faltar la
madre la familia se derrumba. Al no haber familia, el personaje no acepta
límites, terrenos o ultra terrenos; desafía el más allá, en la figura del
muerto-vivo que asiste a su cena (la última de Don Juan). Al no tener madre, su
juego es disimular su identidad; la madre, acaso, transmite una marca a su
honra; tenemos certeza de que la madre es la madre, el padre siempre está en
duda. Identidad fallida en el sentido de que no hay lugar en el tejido social.
Estrictamente, a Don Juan no le interesa amar ni hacer el amor, no es su placer
ni el de la mujer conquistada lo que persigue, sino la deshonra, es decir el
estado público de la fama de una mujer en la cual se deposita el honor del
clan. Acaso por esto le hace falta que la mujer asediada pertenezca a otro: el
clan es siempre el otro, el verdadero y último propietario de la
honra/deshonra.
El Don Juan
es la respuesta moderna a la ideología del amor cortés, el petrarquismo y la
amada lejana de los trovadores. Es una suerte de Maquiavelo del amor, que
demuestra cómo el amor desaparece al profanizarse, lo cual confirma un vieja
teoría sobre la cortesía amorosa del
Medioevo tardío, que encubre una religión prohibida por la Iglesia, la religión
de las diosas madres y abuelas. Sin la sacralización del ser amado, no hay
amor, no hay persona amada, no hay vínculo entre el amante y su objeto. La
mujer se convierte en cosa y el sexo en deshonra. A Don Juan le pasa lo que al
enamorado Petrarca: ve a la mujer en todas partes, a escala cósmica, pero no la
haya en ninguna. En clave de burla, es el enamorado cortés. Don Juan profana el
culto mariano, la diosa madre convertida en madre del Hombre Nuevo a través del
parto milagroso de la Virgen María, tan fuertemente reverenciada en aquellos
tiempos. Don Juan no hallará en el total de las mujeres ni a su madre, ni a la
diosa madre, ni a la Virgen Madre a su propia madre. Por eso anda tan
desmadrado, tan sin cauce y sin medida. Sólo la muerte pondrá término, razón,
coto, a su desmesura.
Estamos, con
Don Juan, en el lugar de la perversión, en el sentido de que el perverso es
quien no admite su falta, se imagina pleno y sin carencias, con lo cual debe
llenar el menor agujero que perciba.El precio que paga es ser disoluto, el
ninguneo de sí mismo y de lo otro. Don Juan no se hallará en ninguna mujer, ni
como amante, ni como hijo, ni como padre. No tendrá descendencia ni pareja.
Don
Juan, acaso, es el símbolo del instinto animal, la libido, la belleza, el
deseo, la rebeldía, el ansia de lo absoluto. El sentido fáustico, la pasión del
conocimiento, la aspiración de lo absoluto, del todo o nada. En él se conjugan
Eros y Tánatos, la vida y la muerte.A don Juan le gustan
todas las mujeres, su identidad se construye de conquistas y abandonos. Pero
también, cosa singular,no le atraen las mujeres deshonestas, las rameras, las
de fama galante y licenciosa, de ningún modo las prostitutas; es incapaz de
pagar por el placer. Le gustan las doncellas, las casadas o prometidas
honestas, las novicias de conventos, es decir, las únicas que le pueden dar
ocasión de burlar el honor. Pero no solo burlar a la mujer, también al marido,
el prometido.
Molière, es el
primero en intelectualizar el personaje y que, según los historiadores del
mito, tuvo escaso éxito al estrenar en 1665 Don
Juan ou le festin de Pierre, en París. Moliere presenta al
protagonista como ateo y suicida que lleva a cabo una sarcástica defensa del
libertinaje y la hipocresía de la sociedad francesa de entonces. Aquí lo vemos con
capacidad razonadora y la aplica para defender su libertad de amar, pensar, de
obrar. Y rechazar el falso honor de la fidelidad argumentado que: “la constancia es ridícula”, que
“todo el placer del amor está en el cambio”, “toda mujer tiene derecho a ser
amada”.
El Don Juan de
Moliere no representa al pecador, sino al rebelde social; es el
“héroe negativo”, en su historia el primero absolutamente ateo, pero humanista,
es decir, representante perfecto del librepensador de la sociedad francesa del
siglo XVII. Hay aquí una racionalización del mito que lo desvincula de lo
religioso. Es undon
Juan que no es castigado por sus fechorías eróticas, sino por su talante librepensador. Si Moliere tuvo una
intención satírica contra la conducta de la aristocracia francesa,
paradójicamente su obra ha quedado para la crítica moderna como una apología de
la “libertad de amar” (leer monólogo pp. 135-136).
José
Zorrilla, Don Juan Tenorio
A finales del XIX se escribe la recreación española del
Burlador más estimada y conocida popularmente; el Don Juan Tenoriode José Zorrilla, subtitulado Drama fantástico religioso,
escrito en verso y estrenado en Madrid en 1844. Considerado
el más Don Juan de todos los don juanes, y el más humano.Si los autores
extranjeros, con Molière a la cabeza, intelectualizan el mito, es el español
Zorrilla quien lo sentimentaliza, es decir, lo convierte en la expresión del
“triunfo del amor” y por ello es el más conocido y admirado por el público
medio y, además, se representa cada año en España el día de los muertos.
El Tenorio de Zorrilla encarna el tipo capaz de amar sinceramente y en el
momento en que se enamora, él deja de ser un verdadero don Juan:
“Tan
incentiva pintura
os
sentidos me ajena,
y
el alma ardiente me lleva
de
su insensata pasión.
Zorrilla califica
a su personaje con las expresiones específicas al registro romántico: “pirata”,
“diablo en carne mortal”, “vendedor de mujeres”, “jugador”, “seductor”, pero
también “franco como un estudiante”, “diestro”, “gallardo” y “valeroso” :
Un mozo sangriento y cruel,
que
con tierra y cielo en guerra,
dicen
que nada en la tierra
fue respetado por él.
Quimerista, seductor
y
jugador con ventura,
no
hubo para el segura
vida,
ni hacienda, ni honor.”
La salvación del personaje pecador viene por el amor que nace en Don Juan por doña Inés. Dios le perdona porque ha logrado amar y sufrir, y porque se ha arrepentido del mal que ha hecho destrozando corazones a diestro y siniestro con discursos amorosos falsos de carácter romántico. La mujer que logra domesticarlo a través del amor es doña Inés, la elegida para el trono junto al rey de la virilidad, el hombre que no se dejaba atrapar, el galán que huía de todas, despreciándolas.
El Don Juan de Zorrilla, necesita
sentirse siempre deseado por todas las mujeres, pues lo que más le preocupa es
“el qué dirán”, su prestigio social como semental irresistible. Conquistando
mujeres, don Juan reafirma su identidad, su virilidad y, sobre todo, su poder,
basado en su patrimonio sexual y amoroso. Don Juan desea suscitar envidia en
los demás machos y quiere, en parte, marcharse de la vida de las mujeres
mancilladas para permanecer en sus corazones como el hombre ideal, el amor
inalcanzable, la espinita clavada, el deseo no satisfecho.
Ahora bien; las mujeres se enamoran física y espiritual mente porque precisamente se aparta de ellas, la persona de Don Juan queda mitificada por la distancia y la imposibilidad de satisfacer el deseo de tenerlo bajo su dominio. Es deseable porque es efímero, porque no es marido, sino amante fugaz. Si se enamora, el mito sería dañino para el imaginario de las mujeres. Ellas lo que desean es fantasear con la posibilidad de la rendición del cazador cazado. Se atreven porque constituye un desafío, y porque su objetivo es ambicioso: lograr poner a sus pies lo que ninguna otra hembra ha conseguido. Así, ellas se sienten especiales cuando logran que el eterno vividor asiente la cabeza junto a ellas; el mérito es mucho mayor si es más difícil conseguirlo.
Leamos el siguiente fragmento más
famoso de Don Juan, el monólogo en el que él trata de vencer las resistencias
de Doña Inés con un discurso:
¡Cálmate, pues, vida mía!
Reposa aquí, y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría.
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando al día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento;
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador
llamando al cercano día,
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?
Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?
Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse, a no verlas,
de sí mismas al calor;
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía,
que están respirando amor?
¡Oh! Sí, bellísima Inés
espejo y luz de mis ojos;
escucharme sin enojos,
como lo haces, amor es:
mira aquí a tus plantas, pues,
todo el altivo rigor
de este corazón traidor
que rendirse no creía,
adorando, vida mía,
la esclavitud de tu amor.
El Don Juan de Zorilla es
fruto del Romanticismo. La obra de Zorrilla nos puede servir de base para
analizar las características del personaje de Don Juan y encontrar los rasgos
que le han permitido convertirse en un verdadero arquetipo humano.
La característica del personaje
del burlador en la obra se realiza de tres maneras; conocemos el carácter del
burlador a través de sus hechos, de las descripciones que le hacen los demás, y
de lo que él habla de sí mismo.
Ya las primeras palabras
dichas por don Juan ("¡Cuán gritan esos malditos!(...)") revelan un
rasgo importante de su personalidad. Es impaciente, insumiso y arrogante.
Luego, antes de su segunda aparición, oímos a Gonzalo decir, que Tenorio y
Mejía son los mozos "más viles" de España. Centellas añade:
don Juan
Tenorio, se sabe,
que es la
más mala cabeza del orbe,
y no hubo
hombre alguno
que
aventajarle pudiera
con sólo su
inclinación
(...)
Todo esto nos prepara para la escena con Luís Mejía, donde nos enteramos
de la boca del mismo protagonista de la escandalosa y llena de vilezas vida que
lleva:
Por
dondequiera que fui
la razón
atropellé,
la virtud
escarnecí,
a la
justicia burlé,
y a las
mujeres vendí.
Yo a las
cabañas bajé,
yo a los
palacios subí,
yo los
claustros escalé,
y en todas
partes dejé
memoria
amarga de mí.
Ni reconocí
sagrado,
ni hubo
ocasión, ni lugar
por mi
audacia respetado;
ni en
distinguir me he parado
al clérigo
del seglar.
A quien
quise provoqué,
con quien
quiso me batí,
y nunca
condoleré
que pudo
matarme a mí
aquel a
quien yo maté.
Probablemente es el fragmento del drama que mejor caracteriza al Tenorio.
Su cinismo es desbordante y su audacia causa temor. Está poseído por una
obsesión que le lleva a cometer todas estas acciones de las que luego presume.
Comparemos un poco el Don Juan de Zorrilla con el de Tirso,
el más famoso de sus precedentes. El esquema de los personajes es muy parecido:
los dos son fanfarrones, seductores, desprecian la autoridad paterna, se burlan
de los muertos y la religión. Sin embargo, el protagonista de Zorrilla es mucho
más complejo y su matización psicológica es muy rica. El tipo creado por Tirso
es más ágil, todavía más cínico, poseído por mayor obsesión sexual, incapaz de
reflexiones ni de amor, privado de una vida interna; frío y deshumanizado. De
sus palabras se desprende un desprecio hacia las mujeres. Además no cabe duda
de que éste es pagano.
Don Juan en la Ilustración
La
Ilustración es un movimiento donde la mujer cobra fuerza protagónica. Don Juan
vuelve a fascinar en el romanticismo, pero el mito se desvirtúa en el personaje
de Lord Byron. Este Don Juan quiere llegar a una mujer que sea todas las
mujeres. La Mujer sigue siendo cósmica, pero ahora es la promesa de redención.
Es ella quien promete y seduce como ocurre más adelante, en el siglo XXI con la
obra de Mario Vargas Llosa, Travesuras de
una niña mala, no Don Juan. Los héroes románticos son héroes de la
consciencia desdichada, que se enfrentan al eterno femenino como símbolo de la
ansiedad universal, de la angustiosa impotencia del hombre para medirse con el
universo. Por tal motivo, son tremendamente enamoradizos, al revés de Don Juan,
y esta doble inversión los devuelve al mundo del amor cortés. Se enamoran de
una diosa con la que no pueden medirse.
Algo del
Tenorio vuelve hasta nosotros y se corresponde con el eterno retorno de la
búsqueda amorosa como ansiedad, como ocupación del futuro y derrota de la
muerte. En efecto, si me aseguro, ansiosamente, de algo que está en mi futuro
(el creciente catálogo de mis conquistas amorosas, por ejemplo), aseguro
también mi supervivencia, mi no–muerte. El amor, aunque sea en la obsesiva
versión del donjuanismo, del sexo no erótico y la cuantificación del ser amado,
el amor es fantasía de futuro perpetuo, más que de presente eterno.
El Don Juan contemporáneo
Entre los muchos sucesores de Don Juan –más bien copias o meros homónimos del primigenio- es el Don Juan de los años sesenta: James Bond, creado por Ian Fleming, comparte con Don Juan su necesidad de promiscuidad sexual, la voluntad de poder, y la licencia para matar. Es un Don Juan que aglutina la manera de pensar de la sociedad occidental: violenta y utilitaria, tecnócrata y científica, antisentimental, materialista, y exaltada ante la perspectiva de emociones ilimitadas, y sobre todo, sometida a una tremenda tensión por sistemas políticos antagónicos, el comunismo y el capitalismo, que en “guerra fría” se disputaban el dominio del mundo.
Las
chicas de James Bond son mujeres fatales, explosivas, caen en sus brazos sin
que él se moleste en cortejarlas con discursos líricos prometiendo amor eterno
ni matrimonio, como hacía don Juan. Bond,
igual que sus antecesores, tiene buen cuidado de no enamorarse, y en el mejor
de los casos, no vuelve a estar más de dos o tres veces con la mujer
conquistada para no enajenar su voluntad ni malgastar su precioso tiempo ni
caer en peligrosas trampas, pues sus misiones secretas tienen mayor importancia
que todos los encantos femeninos juntos.
BIBLIOGRAFÍA[2]
- Jorge Campos, Introducción a Don Juan Tenorio, Alianza
Editorial, S.A, Madrid, 1985.
- J.Lasaga Medina, Don Juan, mito finisecular, B.I.L.E. N° 32-33
Diciembre 1998.
- Francisco Márquez Villanueva, Orígenes
y elaboración de "El burlador de Sevilla" (Salamanca:
Universidad, 1996).
-Víctor Said Armesto, La Leyenda de Don Juan. Orígenes
poéticos de El burlador de Sevilla y convidado de Piedra (Madrid: Librería De
Los Sucesores De Hernando, 1908); y Ramón Menéndez Pidal, "Sobre los
orígenes de El convidado de piedra", en Estudios literarios (Madrid:
Espasa Calpe, 9ª ed. 1968).
-Julio
Camarena Laucirica y Maxime Chevalier, Catálogo tipológico del cuento
folklórico español: Cuentos maravillosos (Madrid: Gredos, 1995) núm. 470A.
-Carlos González Sanz, Catálogo tipológico de cuentos
folclóricos aragoneses (Zaragoza: Instituto Aragonés de Antropología, 1996)
núm. 470A.
-María del Mar Jiménez Montalvo, La literatura oral de Terrinches:
géneros, etnotextos, estudio, tesis doctoral (Alcalá de Henares: Universidad,
2006) pp. 918-919.
- Dr. D. Juan Bethencourt Alfonso, Costumbres populares canarias de
nacimiento, matrimonio y muerte, ed. M. A. Fariña González (Santa Cruz de
Tenerife: Museo Etnográfico-Excmo. Cabildo Insular, 1985) p. 281.
- Yukihisa Mihara, Narrativas tradicionales del Dpto. de La Paz,
Bolivia (Hirakata, Osaka, Japón: Seminario de Y. Mihara de la Universidad de
Kansai Gaidai) p. 96.
- Alberto
Barrera, “Recopilación de cuentos campesinos. Calavera sangrienta maldice a
profanador”, en El Siglo.com (Panamá, 13 de enero de 2008). Véase http://www.elsiglo.com/siglov2/Play.php?fechaz=13-01-2008&idsec=7&idnews=61378
Buritaca, 21 de octubre de 2010-2012
[1]Obras con o sobre Don
Juan: Escribieron
obras inspiradas en este personaje Antonio de Zamora (No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pag
ue); Samuel Richardson, creador del libertino Lovelace en su novela Clarisa
Harlowe; Lorenzo da Ponte, libretista de Mozart, (Don Giovanni, 1787); Choderlos de Laclos, famoso por su libertino vizconde
de Valmont en su novela epistolarLas amistades peligrosas, 1782;José de Espronceda, el Don Félix de Montemar deEl
estudiante de Salamanca, 1840;Azorín;Gonzalo Torrente
Ballester,Don
Juan y
otros muchos (Johann
Christian Grabbe, Alejandro Dumas, Carlo Goldoni, Edmond Rostand...) y, más recientemente, Max Frisch. En España fue una tradición teatral constante el
representar la obra de Antonio de Zamora y, después, la de Zorrilla, en todas
las festividades de Todos los Santos.
[2]El corpus de obras está referenciado en el conjunto del curso.
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