jueves, 17 de mayo de 2012

Mito, rito y literatura (resumen del curso)


Por: Jairo Restrepo Galeano. 


El mito, en su génesis y desarrollo, abarca una perspectiva estética, poética, filosófica, histórica, sociológico-antropológica, sicoanalítica, ritualístico-religiosa, por mencionar algunas. Tal variedad nos coloca en un campo del conocimiento, pues lo es a pesar de la ciencia, de difícil clasificación por la diversidad de criterios. Como ocurre con otras áreas del conocimiento el concepto semántico del mito, con el devenir, ha alimentado nuevas connotaciones que condicionan la idea; ello lleva a que el concepto sea polivalente: hemos visto que ha pasado de ser inicialmente narración válida en el mundo de los orígenes, a logo y legeinen la época clásica, para llegar a la modernidad donde se le entendió como no-racional o no-lógico, hasta percibirlo hoy como presentación con sus propias reglas lógicas en búsqueda de darle sentido a un sociedad globalizada y tecnológica.

Etimológicamente la palabra mito proviene del griego mythos que en la Grecia clásica significaba “relato”, o “lo que se ha dicho”, en su amplia gama de sentidos: expresión, historia, argumento de una obra (literalmente significa murmurar con los labios cerrados; y, en su sentido metafórico denota fabuloso). Ahora bien, del término entendido como narración válida en un principio, deviene en Logos y legein, como lo expresamos arriba. Conocemos las arremetidas de Epicuro y Plutarco a los mitos calificándolos de mediocres, ingenuos, irracionales e incapaces de ofrecer verdades totales. Con el tiempo el mito vino a ser entendido a partir de la idea de doble oposición contra lo que es real (no-real, ficción) en oposición contra lo que es racional (absurdo)[1]. Para Hans Georg Gadamer, es en este progresivo tránsito de un campo semántico a otro en el que se “establece el perfil que acuña el concepto de mito y resalta el mythos como un tipo particular de discurso frente al logos, frente al discurso explicativo y demostrativo”. Para Gadamer, la palabra mito “designa en tales circunstancias todo aquello que sólo puede ser narrado, las historias de los dioses y de los hijos de los dioses” (Gadamer; 1997). En este sentido mito es narración, y ello no implica que deba ser probado, como apunta Gadamer; ante tal situación el mito entonces se vive. Con lo dicho arriba, se pudiera inferir que, con la instauración en la Grecia clásica del logos como discurso, desde el cual aproximarnos a los fenómenos naturales, se produce una fractura entre mito y logos en la idea de que el primero no es un discurso interpretativo que dé cuenta de los hechos de la existencia humana. El mito se ha convertido en “fábula” en tanto que su verdad no se alcanza mediante el logos; de este modo queda relegado a ser ficción válida para entender, comprender y explicar los fenómenos, los hechos, las cosas.

Ahora, si bien es cierto que el mito es denostado, no desaparece, pues hasta hoy mito y logos conviven, se complementan y cooperan para ofrecer una explicación más amplia a cuestiones complejas. Platón es un ejemplo de esa ambigüedad con respecto al mito, su posición bascula entre el desprecio –pide incluso la expulsión de la ciudad de quienes lo difunden (los poetas)-, y su uso mediante la construcción o la versión de mitos conocidos con los que ejemplificar y fundamentar, en ocasiones, sus postulados. En La República (III, 414b-415d), por ejemplo, se apela a que las autoridades recreen una “noble mentira” –léase mito- sobre la fundación de la polis, con la idea de que pase de generación en generación como necesidad de entender un origen común y de paso les permita ser buenos ciudadanos. En la Edad Media los maestros de retórica exponían sus materias en la forma de un mito o en la forma de un logos según cada cual (Gadamer; 1997).

Pero es en la Edad Media y en la Moderna donde se estigmatiza más al mito, especialmente en Occidente. El cristianismo lo persigue por pagano, herético o falsa creencia; está, pues fuera del dogma o del canon establecido por la Iglesia. La palabra mito, sobre todo a partir del siglo XVI, se impuso con la significación de “fábula”, “narración legendaria”, “historia ficticia”, etc. Pero es en el largo proceso de establecimiento y consolidación  del pensamiento científico –un nuevo logos-, con Bacon y Descartes, cuando se consolida la imagen de mito como superstición y se le deja fuera de los parámetros de las narrativas que ofrecen explicaciones válidas sobre el funcionamiento de la naturaleza y de la vida. El proceso de estigmatización del mito llegó a ser más fuerte con la idea de la Ilustración, donde la concepción científica del mundo debe disolver la visión del mundo mítica y religiosa. Sin embargo, esta exaltación de lo racional, este racionalismo radical, generó una mitología propia (Horkheimer y Adorno, 2003). Casi siempre, como se vino a demostrar después, los discursos totalizadores generan su propia colección de mitos en el sentido no de vivido sino de racionalizado.
Hasta aquí hemos visto modos de entender el mito como vida, pero también lo hemos caracterizado como negativo –lo que no es-, especialmente cuando se lo ha ligado al ámbito religioso, a la esfera de lo divino, es decir, a la manera como ha sido excluido del campo de cualquier acto de interpretación legítimo sobre el entorno social. Sin embargo; en el momento actual, no todos los mitos están vinculados a deidades, a sus historias, sino  también emparentado a valores narrativos, a soluciones ingeniosas que pueden aportar a la comprensión de los hechos o a solución de problemas concretos. De modo pues que los mitos “pueden también reflejar ciertas preocupaciones humanas específicas que incluyen las que las contradicciones entre los instintos, deseos, y las inconmovibles realidades de la naturaleza y la sociedad puedan producir” (Kirk, 1985). Según este autor, es posible pensar el mito como un tipo de discurso público con una estructura típica iterativa, es decir que se repite, con diferentes funciones y utilidades de acuerdo con las necesidades, el poder o estatus de quien(es) lo emite(n) o recibe(n), y con significaciones sociales diferentes, como veremos más adelante.

Narrativas del mito

Como hemos visto, el mito es narración válida, en tal sentido es presentación, presentación entendida como aquello que es en tanto se asume como vida propiamente. Es un tipo de narración no demostrativa ni explicativa que contiene una lógica interna, una verdad propia, es decir,plantea verosimilitudes. La lógica aquí no es la del discurso de la ciencia. Sin embargo, guarda con el discurso científico ciertas similitudes, y no por ello los hace semejantes o iguales. Tanto el mito como el logos apuntan a la necesidad de explicar un hecho concreto; difieren en que, a grandes rasgos, el mito fundamenta –en el sentido de que es una narración que ordena el mundo en su conjunto o en algún aspecto-, pero no responde a causas –el por qué-, sino más bien al de dónde-; ello quiere decir que, para dar explicación a los hechos que presenta, recurre a elementos extrínsecos al mismo fenómeno y, de forma aditiva o acumulativa, tanto a imágenes como a datos. Por su parte, el discurso racional pretende dar explicaciones intrínsecas al propio fenómeno, inferidas o deducidas en un proceso y con una metodología cuya finalidad es la demostración, es decir, tiene sus reglas lógicas preestablecidas y aceptadas como válidas. Algo interesante aquí, por lo paradójico, es que el discurso del logos tampoco responde al por qué sucede algo, sino, en especial, al cómo sucede; en este sentido el discurso del logos se guarda de dar respuesta últimas.
Pese a lo anterior, los dos discursos coinciden en que pueden tratar de un mismo hecho, en especial cuando demandan como conclusión explícita o implícita un cambio de hábitos, al implicar un aprendizaje o experiencia. Un ejemplo: una persona muere ahogada en un lago, el médico expondrá las causas médicas o fisiológicas que den cuenta del suceso; la mítica recurrirá a algún elemento externo para determinar qué ha pasado (una voluntad divina, etc.). Como vemos, ambas demandan un cambio de hábito para evitar que vuelva a suceder algo parecido. La diferencia radica en la aproximación.

No obstante, el mito tiene unas características muy propias al intentar ofrecer respuestas a problemas del presente, y es la de que se remonta a explicaciones primigenias, por un lado. Por otra parte, los tipos de problemas que se plantea son de carácter esencial o trascendente sobre la vida o existencia humanas. “El mito proporciona un modelo y un sentido a la existencia efectuando una separación de los fenómenos en dos grupos: lo esencial y lo accidental. Lo esencial es lo que debe ser hecho, lo que al ser conocido y practicado nos “justifica”, nos permite vivir “realmente”, sin que nos pasen desapercibidos el sentido del mundo y la vida” (Paramio, 1971). Se pudiera afirmar, en consecuencia con lo anterior, que el mito, una vez racionalizado, es un relato, o “estructura imaginativa” que, al manifestarse en el mundo, le da sentido a éste. Nietzsche, define lo “mítico”, como aquello “que guarda la verdadera sustancia de la vida de una cultura” (Gadamer, 1997). Podemos, entonces, decir que el mito trata de cuestiones universales –básicas del hombre-  que no encuentran respuestas satisfactorias a través de narrativas como la científica o racionalista. En cuanto a lo accidental, estaríamos en el terreno de lo particular; cómo las respuestas a los fenómenos universales, al ser tratados por una cultura en específico, guardan el sentido profundo y cambian lo superficial, adaptando al mito a circunstancias concretas de su propia cultura, de aquí su rasgo histórico-ahistórico.

Otra de las características del mito es su condición ahistórica. El mito elimina el tiempo lineal, suspende el devenir temporal y los cambios en la realidad que dicho devenir trae consigo (Eliade, 1973). Lévi-Strauss apunta la condición “estática” del mito (“idéntico a él mismo”) y el hecho de constituir un sistema cerrado en el cual el número finito de elementos se combina en diferentes “oportunidades de explicación”. Hay entonces en el mito una condición cíclica que Eliade denomina “eterno retorno”, pues vuelve siempre sobre los mismos temas y formas en diferentes momentos. Este rasgo es lo que lo opone a la historia que narra de una forma abierta y lineal. Por lo mismo, intentar comprender el mito como historia: localización concreta, personajes históricos reales, etc., es absurdo, sobre todo cuando se trata de narración válida. Una de las principales características del mito es su actualización y presencia en cualquier tiempo y en todos los espacios; en este sentido el mito está obligado a ser reinterpretado en función de los nuevos contextos en el que se activa.

Estructura “dinámica” del mito

El mito, como relato, según Malinowski, sigue pautas marcadas por cualquier hecho narrativo, pues posee un principio, tiene unos argumentos y tiende hacia una conclusión; pero, como vimos en el curso, cada elemento del mito inserto en una sociedad dada, cumple una función específica y le da sentido a la parte como al todo; además, tiene una estructura básica iterativa –acumulación de acontecimientos de un mismo tipo- presente en cualquier narrativa mítica, aunque el contenido varíe. Ello quiere decir que el mito tiene una configuración visible, siempre la misma, salvo variaciones que corresponden al contexto social en el cual se manifieste. Claude Lévi-Strauss comparte la idea de que los mitos de las diferentes culturas tienen rasgos comunes a pesar de las variedades formales o narrativas. Este autor entiende el mito como un metalenguaje que hace uso exhaustivo del lenguaje, por lo tanto lo sitúa más allá de la lengua natural (Lévi-Strauss, 1994). Aquí, lo importante no es la forma en el que se expresan, sino la estructura que subyace en ésta y que deviene repetitiva y coincidente en relatos con la misma significación social[2]. Según este autor todo mito consiste en el establecimiento de relaciones entre diversos niveles de explicación; un mito no se entiende en forma aislada sino en relación con otros; asumidos de manera conjunta equivalen a un grupo de transformación, y, finalmente, un grupo de mitos está en relación con otro grupo y con la etnografía de las sociedades de las que procede. Para este antropólogo, por los demás, todo mito está formado por unas unidades mínimas a las que llama mitemas, que vienen a ser entendidas como las frases más cortas que expresan las estructuras permanentes del mito[3]. Lo importante aquí es que, si el mito posee una invariabilidad estructural, debe tenerse en cuenta igualmente que el mito es inconsistente, en el sentido de que admite nuevos matices o modulaciones, es fluido; pero también está enraizado o depende de un contexto que determina sus significaciones sociales.

Mito y mitologismo

El mito, en su devenir logos, desde su presentación inicial como demiurgo[4], poiesis[5], ha desembocado, finalmente, en el momento actual, en actividad mitologística, entendida esta como el modo de racionalizar el mito desde las visiones particulares de la historia. Como actividad social es susceptible de ser interrogada por su utilidad y función. Para Malinowski el mito no es un modo de interpretar un hecho para satisfacer una necesidad científica; más bien es lo que presenta, de forma narrativa, la recreación de una realidad establecida en épocas lejanas. Los mitos no explican nada, en ningún sentido, en tanto ideal y prueba cierta; sencillamente confirman un precedente para la comunidad (Malinowski, 1995). En este sentido Malinowski no cuestiona la función iterativa del mito en cambio sí la etiológica pues no es una narrativa o discurso válido para aproximarse a las causas de los hechos.
Además de lo dicho arriba, el mito (racionalizado) desarrolla funciones en el sentido de que ayuda a componer el corpus litúrgico de algunas de esas funciones. Por una parte, conjuntamente tiene la función de cristalización de normas ético-jurídicas, mediante la apelación de los orígenes fundacionales o a las remisiones de una tradición normativa; por otra parte, tiene una función literaria, en el sentido de que ofrece un corpus de narraciones épicas o poéticas, entre otras, con la finalidad de entretener o de ofrecer otra visión del mundo. Por último, posee una función ideológica con la cual produce sentido o identidad en un grupo y por la que, como discurso racionalizado, articula aspectos que tienen que ver con el poder y la dominación en el seno de los grupos.

Es en esta racionalización del mito donde hemos desarrollado el curso de Mito, rito y creación. Lo hemos hechos particularmente desde el mundo griego, por considerar que aquí están sentadas las bases de gran parte la cultura occidental. Buena número de escritores han abrevado en él, lo han tomado como fuente de sus creaciones narrativas. Hemos hecho algunas referencias a mitos de Hispanoamérica como apoyo al grueso de la propuesta, y ello no significa que lo nuestro no tenga importancia; sin embargo se ha de entender, desde la perspectiva de Claude Lévi-Strauss, que los mitos poseen estructuras profundas que se repiten en cualquier parte del territorio mundo.
Dado lo anterior el desarrollo del curso pasó por entender, comprender y aplicar, en primer, lugar la perspectiva de Robert Graves; con él supimos que el verdadero mito no se debe definir como la reducción a taquigrafía narrativa la pantomima ritual realizada en los festivales públicos y registrada gráficamente en muchos casos en las paredes de los templos, en jarrones, sellos, tazones, espejos, cofres, escudos, tapices, etc., pues sus temas van más allá de actos de magia arcaicos que promueven la fertilidad o la estabilidad del reino sagrado de una reina o un rey -los de las reinas habían precedido, según parece, a los de los reyes en toda la zona de habla griega-; en este sentido, un estudio de la mitología griega debería comenzar con un análisis de los sistemas políticos y religiosos que prevalecían en Europa antes de la llegada de los invasores arios procedentes del norte y del este. Con este mismo autor, entendimos que la descendencia, la sucesión y la herencia por línea paterna impidieron la creación de nuevos mitos, para dar comienzo a la leyenda histórica. Entendimos, que los mitos, aunque es difícil conciliarlos con la cronología, son siempre prácticos: insisten en algún punto de la tradición, de aquí la necesidad de un examen histórico y antropológico como razonable. La verdadera ciencia del mito debe comenzar, entonces, con un estudio de la arqueología, la historia y la religión comparada, no en el consultorio del psicoterapeuta. Supimos, finalmente, que el método de Graves consiste en reunir en una narración armoniosa todos los elementos diseminados de cada mito, apoyados por variantes poco conocidas que pueden ayudar a determinar el significado, y responder a todas las preguntas que van surgiendo, lo mejor que se pueda, en términos antropológicos o históricos.

En segundo lugar, de la mano de M. Eliade, comprendimos la actividad del héroe griego y su modalidad existencial sui generis (sobrehumana, pero no divina). Como tales actúan en una época primordial que sigue a la cosmología y al triunfo de Zeus. Su actividad se desarrolla después de la aparición de los hombres, pero aún en la época de los “comienzos”, cuando las estructuras todavía no estaban fijadas del todo ni se hallaban suficientemente establecidas las normas. Su propio modo de ser delata el carácter inacabado y contradictorio del tiempo de los orígenes. El nacimiento y la infancia de los héroes se diferencian de los que corresponden a los hombres ordinarios. Descienden de los dioses, pero muchas veces se supone que tuvieron una “doble paternidad” (así, Heracles nació de Zeus y de Anfitrión; Teseo de Poseidón y de Egeo) o su nacimiento muestra alguna irregularidad (Egisto, fruto del incesto entre Tiestes y su propia hija). Son abandonados poco después de nacer (Edipo, Perseo, Reso, etc.) y son alimentados por animales salvajes, pasan su juventud viajando por países lejanos, se distinguen por sus innumerables aventuras (especialmente hazañas guerreras y deportivas) y se casan con diosas (entre estas bodas son famosas las de Peleo y Tetis, Niobe y Anfión. Jasón y Médea).

Vimos cómo los héroes se caracterizan por una forma específica de creatividad, comparable a la de los héroes civilizadores de las sociedades arcaicas (el héroe Yurupary). Al igual que los antepasados míticos, modifican el paisaje, son “autóctonos” (es decir, los primeros habitantes de ciertas regiones), progenitores de razas, de pueblos o de familias (los argianos descendían de Argos; los arcadianos, de Arkos, etc.). Inventan, es decir, “fundan”, “revelan” cierto número de instituciones humanas: leyes que rigen la ciudad, normas de la vida urbana, la monogamia, la metalurgia, la escritura, el canto, la táctica, etc., y son los primeros que practican ciertos oficios. Son, sobre todo, fundadores de ciudades, los personajes históricos que fundan colonias se convierten en héroes al morir. Por otra parte, los héroes instituyen los juegos deportivos, y una forma característica de su culto es la agonística (el certamen).

Rasgo característico de los héroes es la forma como mueren. Excepcionalmente, algunos son trasladados a las Islas de los Bienaventurados (como Menelao), a la mística isla Leuké (Aquiles), al Olimpico (Ganímedes) o desaparecen bajo tierra (Trofonio, Anfiarao). Pero en su mayor parte sufren muerte violenta en la guerra (como los héroes de que habla Hesíodo, caídos ante Tebas y Troya), en combates singulares o por traición (Agamenón muerto por Clitemnestra, Layo por Edipo, etc.). Ocurre a veces que su muerte resulta excepcionalmente dramática: Orfeo y Penteo son despedazados, Acteón es desgarrado por sus perros, Glauco, Diomedes e Hipólito por los caballos; algunos son devorados o caen heridos por el rayo de Zeus (Asclepio, Salmoneo, Licaón, etcétera) o son mordidos por una serpiente (Orestes, Mopso, etcétera).

Supimos, igualmente, que es precisamente su muerte la que conforma y proclama su condición sobrehumana. No son inmortales, como los dioses, pero se diferencian de los seres humanos por el hecho de que siguen actuando después de muertos. Los restos de los héroes están cargados de una temible potencia mágico-religiosa. Sus tumbas, sus reliquias, sus cenotafios irradian poder sobre los mortales durante siglos. En cierto sentido podríamos decir que los héroes se aproximan a la condición divina gracias a su muerte, pues gozan de una existencia ulterior ilimitada, ni larvaria ni puramente espiritual, sino consistente en una supervivencia sui generis, ya que depende de los restos, de las huellas o de los símbolos de sus cuerpos.

Todos lo anterior pone de relieve el valor religioso de la “muerte” heroica y del despojo de los héroes. Al desaparecer el héroe se convierte en un genio tutelar que protege a la ciudad contra las invasiones, las epidemias y toda clase de azotes. En Maratón fue visto Teseo combatiendo a la cabeza de los atenienses (Plutarco, Thes., XXXV, 5). Pero el héroe goza también de una “inmortalidad” de orden espiritual, de la gloria más exactamente, de la perennidad de su nombre. De este modo se convierte en modelo y ejemplo de cuantos se esfuerzan por superar la condición efímera de todo mortal, por salvar sus nombres del olvido definitivo, por sobrevivir en la memoria de los hombres. La heroización de los personajes reales –los reyes de Esparta, los combatientes caídos en Maratón o en Platea, los Tiranicidas, Yurupary-, se explica por sus hazañas excepcionales, que los separan del resto de los mortales y los “catapultan” a la categoría de los héroes.

Comprendimos cómo todos estos rasgos ambivalentes o monstruosos, este comportamiento aberrante, nos recuerdan la fluidez del tiempo de los “orígenes”, cuando el “mundo de los hombres” aún no había sido creado. En aquella época primordial, los desórdenes y las irregularidades de todo tipo (es decir, todo lo que más tarde será denunciado como monstruoso, como pecado o crimen) suscitan directa o indirectamente la obra creadora. De modo pues que el “mundo de los hombres”, en que las infracciones y los excesos estarán prohibidos, surgirá precisamente como fruto de las creaciones heroicas: instituciones, leyes, técnicas, artes. Después de los héroes, en el “mundo de los hombres”, el tiempo creador, el illud tempus de los mitos quedará definitivamente clausurado.

Todo lo anterior lo aplicamos a La Odisea de Homero, para saber del héroe de la epopeya, y lo comparamos con el antihéroe de Ulises de Joyce y aquí vinimos a saber cómo salíamos de un universo, un mundo y un hombre construidos de antemano, para desembocar en el lugar donde el hombre debe ponerse a prueba para saber de su absoluta soledad. La estética de este mundo presenta la abolición de los vínculos entre el yo y el mundo, la ausencia de todo encantamiento de orden moral, así como la afirmación de la irreductibilidad de los seres humanos al medio al que pertenecen; tal irreductibilidad es vivida por los protagonistas del Ulises como sufrimiento sin remisión; la fuerza moral, que otrora contrarrestaba aquello no está presente, de modo que, los personajes de esta estética vienen a encontrar en el arte y la vocación artística los lugares desde los cuales liberar a los hombres de las pasiones, pues permiten gozar del verdadero sabor de la vida.

En este sentido, el Ulises (1922) de James Joyce, representa una versión de la abolición de los vínculos con el mundo, expresada en un lenguaje exuberante. Los protagonistas del Ulises son extraños al mundo en el que habitan; aquí los sufrimientos de los personajes no son tanto el resultado de las bajas pasiones como el agotamiento de la pasión, o incluso de una verdadera impotencia moral que influye a la vez sobre sus acciones y sus reflexiones. Atenazados por los pesares, los remordimientos y las vacilaciones, experimentando un deseo demasiado débil para conducirlos a la acción e incapaces de perseguir un objetivo preciso, esos personajes vagan a través de la ciudad de Dublín sin comprender muy bien las razones que les impiden actuar. Al ser la evocación de lo vivido en su inmediatez, la historia narrada, en esas cerca de setecientas cincuenta páginas, se reduce a un pequeño número de acciones (18) que ocurren en un mismo día.

Desde la misma perspectiva del héroe trabajamos a Teseo, el laberinto y el minotauro, a través del relato de Jorge Luis Borges, La casa de Asterión, en donde debemos tener en cuenta lo siguiente: Los hombres del pasado como los del presente son compendios de actos mágicos, concebidos para crear nexos afectivos entre sí y con el mundo que los rodea: atan, encantan, conjuran fuerzas de la naturaleza. En el mundo que los rodea el hombre ha estado atraído de modo especial, según necesidades vitales, hacia la sacralidad de los animales. Entre los animales selecciona aquellos que llegan a tener más importancia en su economía, en sus relaciones sociales, o a los que a sus ojos representan las formas elementales que rigen su vida, instaurando en cada ocasión relaciones mágico-totémicas, prescripciones y tabúes, ritos de todo tipo, adecuados, de conformidad con sus representaciones, para lograr  la conexión (co-ligamiento, religio): se pone en marcha una voluntad dirigida a crear un nexo, si no indisoluble, por lo menos capaz de actuar con cierta eficacia. Logra, entonces una comunión, una unión mística entre el yo y el no yo: elemento fundamental de cualquier acto mágico-religioso.

Características constantes de muchas de estas ceremonias son la ruptura (real o simbólica), la imploración-adoración y, por último, la muerte (real o simbólica) del animal, unido todo ello siempre, necesario decirlo, a danzas propiciatorias o conmemorativas; es decir, a rituales: actos durante los cuales “se pide perdón” al animal, se le asegura que su muerte se produce por su propio bien, o que en realidad no se le mata, pues de alguna forma seguirá viviendo. La elección del animal principal o exclusivamente sagrado, en el contexto de un grupo social dado, está dictado por circunstancias ambientales y, quizás, también, por instinto de conservación. De ello se desprenden razones por las cuales el toro en la Creta antigua, fue elegido como emblema mágico y colocado casi en el centro del interés totémico. Su aspecto lo convierte casi en un símbolo, en un emblema de la virilidad y acaso un significado primordialmente fálico. También asociado  a las relaciones entre la vida y la Tierra y, a través de dicha mediación, símbolo de la fertilidad. “Su lomo negro, sus cortas y robustas patas hacen que parezca nacido de la tierra, quedando así vinculado al mundo subterráneo, a las potencias chthónias, a las cavernas”.

En tercer lugar, pudimos apreciar el mito del Hades, Orfeo y Eurídice a través del relato de Julio Cortázar, “Manuscrito hallado en un bolsillo”. Ello nos permite, comprender: Uno, la división tripartita que hizo Zeus, después de haber abatido a Tifón, la repartición a suerte del dominio sobre las tres zonas cósmicas. El Océano queda para Poseidón, el mundo subterráneo es entregado a Hades y Zeus se queda con el cielo. La tierra y el Olimpo quedan como posesión común de Poseidón y Zeus (Ilíada, XV). En alguna parte del reino de las sombras tiene Hades su palacio, al que nadie vivo, salvo el dios, más tarde su esposa y luego Heracles, tiene acceso. Hades es un dios barbado y tenebroso, pero justo; no es la muerte, sino el rey de los muertos. Sus funciones le tienen tan ocupado que rara vez sale de su territorio para ir a Olimpo. Dos, los mitos, como sabemos, dan sentido al mundo, a la historia, al acaecer de la humanidad. Nombran los orígenes como igualmente fundan comportamientos, actitudes y las representaciones del hombre; otra de sus particularidades es que no tienen historia, no tienen historia en el sentido de que permanecen, están siempre presentes. En el caso del mito de Orfeo la humanidad recurre a él desde el arte, desde la filosofía, etc. En 1927, Jean Cocteau, francés, en su obra Orpheé, hace una refundición  del mito tracio con variantes y actualizaciones, de acuerdo con lo que se daba en la época. Ahora, en la segunda parte del siglo XX lo volvemos a ver tratado por Cortázar en su relato “Manuscrito hallado en un bolsillo”. Tres, Orfeo como símbolo del artista en crisis; su descenso al Infierno es la búsqueda del sentido de la propia creación: no hay duda que el artista vence a la muerte cuando logra condensar en su expresión compositiva creativa una nueva mirada sobre el mundo, y en ello presente la mujer como motivo de inspiración, como lugar que le da sentido al esfuerzo por desentrañar los secretos del cosmos. En este ejercicio simbólico el artista suele entrar en crisis, crisis de creación, al toparse con momentos en los cuales deviene árido frente a la hoja en blanco, sin lograr darle cuerpo a cuanto se supone hay dentro de sí; pero no sólo esto, también en crisis cuando no logra dar con la razón de lo que está haciendo, al preguntarse a qué lleva todo cuanto hasta entonces ha hecho, qué ha logrado con ello; entonces quiere ir más allá de lo que los recursos naturales le ofrecen para desentrañar la bondad, la caridad (Hermes le expresa Orfeo el lugar para ejercer la caridad enterrando a su amada, las musas lloran y recogen los restos y los entierran en Liebetra), y la fuerza de la excelente construcción artística.

En cuarto lugar, el mito de Fausto, visto a través de varios autores (Marlowe, Goethe Bayron, T. Mann, Beerbohm). Ello nos permitió comprender la manera como la modernidad entendió el mito en sentido peyorativo: “ilusión”, “historia ficticia”, “mentira”, elemento sobrenatural que no cabe dentro de lo real. Había necesidad de racionalizarlo todo, por tanto, todo lo que no cayera dentro de esta esfera, carecía de validez. Sin embargo, hoy sabemos, que el mito se caracteriza por formar parte de la vida real, especialmente de los hombres arcaicos que lo asumen, no desde fuera, en forma abstracta, sino que lo viven penetrándose de su atmósfera sobrehumana que hace girar la existencia conforme a los preceptos que crean y que giran en torno a la comunidad.

Lo entendimos también, junto con el mito de Don Juan y Don Quijote, como expresión a partir de la idea de individualismo desarrollada en el libro clásico, La cultura del renacimiento en Italia, de Jacob Burckhardt (1860)[6]. En la parte que corresponde a “El desarrollo de la individualidad”, en términos de Ian Watt, que retoma a Burckhardt, la individualidad sería la que: “[…] se centra en el contraste que se da, por una parte, entre el pueblo de las sociedades anteriores y, por otra,  un florecimiento sin precedentes de la ‘libre personalidad´ que es propio del renacimiento en Italia, particularmente en Florencia. Antes del Renacimiento, según proposición de Burckhardt, el hombre era ‘consciente de sí mismo solamente en calidad de miembro integrante de una raza, un pueblo, un partido, una familia o una corporación determinada, esto es, solamente en tanto que parte de una categoría genérica’. Fue en Italia donde ‘por vez primera se diluyó esta veladura en el aire. Así fue posible un tratamiento objetivo del estado y de todas las cosas de este mundo. Al mismo tiempo se reafirmó el aspecto subjetivo, y esa reafirmación se llevó a cabo con el énfasis correspondiente: el hombre pasó a ser un individuo espiritual, y como tal empezó a reconocerse’” (Watt, 1999: 132). Lo anterior nos está diciendo que los hombres de esta época, Dante, Petrarca, Aretino, da Vinci, eran capaces de vivir de acuerdo con sus propias convicciones, con la firme creencia de que la propia perfección del hombre era el objetivo supremo de la vida humana.

En este sentido, conocer el mito, significa conocer la creación, el origen de las cosas; entender este origen permite el control sobre eso conocido y significado, así mismo encarna el acceso a vivir dominando la potencia sagrada, manteniéndola, respetándola como modelo. Ello significa que el hombre, vive en y con el mito, están de acuerdo con él. Tal realidad sobrenatural, o elevada a categoría de modelo a imitar, y su reactualización, a través del rito, forman parte de su realidad; de igual manera como los Seres Sobrenaturales actuaron, así el hombre deberá ser y vivir; de esta modo pasará de una realidad cotidiana a aquella en la que el tiempo no cambia convirtiéndose en presente, presente eterno, tiempo sagrado, como parte de lo que está en el origen, en la causa que ha dado cabida al hombre, al mundo, al cosmos. Lo que desarrollamos a continuación fue, comprender otro aspecto del mito, su necesidad de apropiarse de las fuerzas últimas de la naturaleza; pero, en este caso, a través de las potencialidades de la racionalidad y; al mismo tiempo, descubrir que esas potencialidades no bastan por sí solas para habilitar al hombre en concordancia con las reglas divinas, con las reglas morales, con los imperativos de los impulsos espirituales, por lo que se ve abocado a llamar las fuerzas oscuras de esa misma naturaleza, esa parte que viene a ser el desorden; en este caso desorden creador.

Fausto, aquí, se nos muestra como un filósofo racionalista dispuesto a arriesgarlo todo, incluso su alma, por ampliar el conocimiento humano, y que, finalmente, obtiene el perdón de Dios por la nobleza de sus intenciones.La tragedia de Fausto de Goethe es el resultado de una época en la cual los humanos han llegado a confiar en el poder omnímodo de la ciencia. Se creía que, por medio de la ciencia, se habría de conocer todas las leyes de la naturaleza, se podría dominar las fuerzas de la naturaleza, descubrir y servirse de todas las reglas que rigen el mundo y la creación, sin embargo por sí sola la ciencia no armaba el rompecabezas, por ello recurrió al lado oscuro de la creación.
En quinto lugar, el mito de Don Juan, visto, también a través de varios autores (Tirso de  Molina, José Zorrilla, Moliere, Bayron, Parra Sandoval, M. V. Llosa). Don Juan como el mito del disoluto que va de mujer en mujer, del atrevido que convida a cenar a un muerto. Lo anterior significa que en el mito hay dos aspectos importantes a tener en cuenta. En primer lugar Don Juan que vive su vida en absoluta libertad rompiendo todas las normas y reglas preestablecidas. Ni la moral, ni la justicia de los hombres tienen valor alguno, sólo la vida como juego y disfrute tienen sentido. En segundo lugar el mito de la calavera, cuyas raíces corresponden a dos rituales principales: el de iniciación de los jóvenes a la edad adulta, y el del  culto a los antepasados, como forma popular de religión. Los cuentos de tradición oral hispánicos todavía recogen motivos esenciales de esas dos fuentes, en particular, el puntapié que un joven borracho propina a una calavera mal enterrada (que en ciertas versiones latinas medievales pertenece a un juez de mala vida, o sea, mal enterrado en castigo a su mal ejemplo), y el doble convite a cenar que se cruzan el muerto así ofendido y su profanador. También quedan ciertos vestigios de la cena necrológica que tenía lugar el Día de Difuntos, como en otras muchas culturas, con amplio despliegue de calaveras entre vasos y platos[7].
Como dijimos arriba, Don Juan es el hombre disoluto, es decir, desatado, disuelto en sus identidades hasta llegar a ser todo y ser nada. Moral anárquica, explosiva, proliferante. Su eco viene a ser el Fausto de Goethe; hombre que quiere alcanzar la medida del universo[8]. Don Juan no persigue a individuos, sino al género femenino. La mujer que lo atrae es siempre la mujer de otro. No seduce, burla más bien; formula una promesa verbal (normalmente de matrimonio). La mujer es un objeto a conquistar. El fin perseguido no es el enamoramiento, a veces ni siquiera el acceso sexual: es la deshonra, la fama de la mujer, maltrecha por un hecho público. En fin, Don Juan se caracteriza por no volver sobre sus conquistas. El encuentro es siempre singular, la primera vez es la última. Reconvenido siempre por su criado que le reprocha su mala vida, pero no puede separarse de él. De algún modo, es su pareja. Don Juan no encuentra nada dentro de las mujeres que burla, pero tampoco renuncia a seguir burlándolas. Aquí lo que hay es compulsión, repetida compulsión.
En sexto lugar, aunque no se pudo desarrollar como debió darse, debemos pensar el mito de Dioniso y Narciso, visto desde la perspectiva der Oscar Wilde en dos cuentos: “El cumpleaños de la infanta” y “El joven rey”.Dioniso y Narciso, dos irradiaciones míticas en el contexto de la cultura de finales del siglo XIX, período caracterizado por el comienzo del conocimiento del cuerpo, el esteticismo y el hedonismo, aspectos que determinan buena parte de la literatura a través de personajes, peripecias.

El fin del siglo XIX supuso una ruptura con la episteme de la primera modernidad y que lo acerca más a lo que hoy denominamos posmodernidad, como veremos en el autor que nos ocupa. La modernidad surgió de una síntesis de los valores de la Ilustración, por una parte, y del protestantismo-puritanismo por la otro, síntesis que generó un modelo de sociedad liberal-capitalista y democrática. La Ilustración ofreció protagonismo a la razón y a la ciencia, dio importancia, igualmente, al concepto de sujeto autosuficiente y hegemónico frente a la naturaleza. La religión contribuyó con elementos compatibles con el proyecto moderno, a saber: la ética del trabajo, el individualismo puritano y la dimensión moral que éstos atribuyen a la riqueza, entendida como signo de predestinación a la salvación; ello da origen a la convivencia de dos visiones trascendentes, dos metanarraciones: una de corte histórico, otra de cariz metahistórico. Este maridaje de Ilustración y religión ignoró el cuerpo. Horkheimer y Adorno, en Dialéctica de la Ilustración, dicen que el cuerpo fue el gran olvidado en el proyecto ilustrado. Ello se explica por el sentido trascendente de su búsqueda, como por el sustrato de jerarquización que caracteriza las estructuras binarias de esas dos concepciones de la historia. “Si antes fue el alma la clave de las trascendencia atribuida al ser humano y a su historia colectiva, ahora era la razón la que venía a ocupar ese lugar, bien en sustitución del alma, bien superpuesta a ella. En ambos casos el cuerpo, considerado “intrascendente”, quedaba lógicamente en segundo plano”[9]. Este conflicto quedó aplazado y sólo vino a darse, finalmente, a finales del siglo XIX. Dioniso y Narciso consiguen identificar el cuerpo.

Ahora bien, en una cultura dominada por metanarraciones, que habían negado el mito por considerarlo irracional, fantasioso, ilusorio, a finales del siglo XIX, el mito vino a ser tomado como manifestación primaria del verdadero sentido religioso de la humanidad que había culminado en la cristiandad. Se aprecia a dioses como Dioniso, Perséfone, Deméter por su humanidad, porque no son indiferentes al sufrimiento humano, por su hedonismo, el goce aquí y ahora, es decir, reivindican los dioses mistéricos, pues ellos están en la frontera de lo humano y lo divino, tocados por la mortalidad al suscitar un culto y un sentido de comunidad religiosa.

La ciencia, santo y seña de la religión del progreso, empieza a ficcionalizarse, a relativizarse y entenderse como posible causa de regresión y de destrucción en un mundo signado por el progreso continuo. Si los elementos clave de las narraciones del progreso pueden ser cuestionables, queda abierta la crisis en otros valores y la referencias de otras culturas. En medio de este clima de desconcierto, derrumbe, apocalipsis, se produce la reivindicación del presente, del disfrute del momento de vida disponible, del hedonismo.
En plano económico se pasa de la economía de la producción a una economía del consumo. Una economía en recesión busca en el fomento del consumo su salvación. A la producción de objetos útiles se añade la de objetos deseables, pero la economía del consumo alude al consumo para el consumo, a la circulación de bienes orientados a proporcionar placer al consumidor, en este sentido deviene la liberación del deseo como condición sine qua non de su propia realización. Para consumir se necesita avivar el deseo. Y liberar el deseo trae al centro de la episteme la alteridad, el ego reprimido, negado u olvidado por la modernidad. Surge así, además del cuerpo como realidad importante, la new woman–la feminización de la sociedad-, el esteta –la feminización del hombre-, el arte por el arte donde se supone que el arte inventa la realidad, resumida en “la vida imita al arte”, la realidad como fruto de nuestras fabulaciones y nuestros constructos. Esta crisis de las narraciones de la modernidad se aprecia en la relectura de los mitos de Narciso y de Dioniso.

En primero lugar, qué nos dice el mito de Narciso. Ésta figura está cargada de negatividad, negatividad en el sentido del olvido del otro, su amor onanista hacia sí mismo, su desprecio incluso de la propia vida. Pero también se le puede identificar con el rasgo positivo del cuidado de sí, el mirarse como cuerpo. En este sentido el mito ofrece, al menos, tres versiones, todas coinciden con el castigo que recibe el personaje.
Según una leyenda Beocia, Narciso era objeto de deseo de otro joven, Aminias. Narciso, supuestamente incapaz de conocer el amor, rechazó repetidas veces su pretensión y acabó regalándole una espada. Aminias lo interpretó como invitación al suicidio y se quitó la vida; antes de morir maldijo a Narciso.

Otra versión, más sugerente para finales del siglo XIX, es la de Pausanias. En este caso, Narciso tiene una hermana gemela con la que comparte su vida en plena naturaleza. Cuando ella muere, Narciso se pasa la vida contemplándose en las aguas de un arroyo, pero no para verse a sí mismo, sino para ver a su hermana muerta en el reflejo de su propio rostro, dada la semejanza entre ambos. Presuntamente, ésta habría sido la causa de que Narciso acabase enamorándose de sí mismo. Cabe también otra interpretación, vinculada con ese fin de siglo. Se insinúa un conflicto entre el yo y la alteridad, interna como externa. Narciso ve a su hermana –idéntica a él- y se ve a sí mismo en el agua. ¿Acaso Narciso se descubre a través del otro –igual y distinto al nosotros-, una alteridad propia, en este caso su lado femenino? ¿Acaso se ama frívolamente a sí mismo o indaga en sí mismo como necesidad de autodescubrimiento? El esfuerzo de autodescubrimiento, de mirarse a sí mismo y restablecer el valor del cuerpo, que no puede ser reprobable, es un acto potencialmente subversivo en toda sociedad, donde la episteme dominante dice que el sujeto está construido de antemano, que el sujeto ha de retirarse del objeto.
La cuestión del autoconocimiento aparece en la versión de Ovidio. Tiresias le vaticina a la madre de Narciso que el joven vivirá una larga vida si no llega a conocerse a sí mismo. Narciso desprecia a la ninfa Eco, a la que Hera había castigado por su locuacidad a repetir solo los últimos sonidos de lo que escuchaba; los dioses, irritados con la conducta de Narciso, lo castigan. ¿Acaso, Narciso, culpable por haber despreciado el amor de los hombres y las mujeres que se le acercan? No cabe la culpabilidad si lo hace sólo mientras se descubre a sí mismo; en el proceso de descubrir la identidad profunda el otro es un estorbo. En esta dimensión, lo que deviene es el encuentro con el otro. Se sondea profunda en sí mismo para ir al encuentro con el otro, es decir, no se queda en la superficie. En un proceso de goce y sufrimiento descubre su identidad auténtica, imprescindible en el encuentro con el otro[10].
Ahora bien, el narciso del finales del siglo XX es el dandi. El dandi, obsesionado con su imagen, la convierte en disfraz, supuestamente desprecia al otro. Es soberanamente aristocrático y abomina el proceso de estandarización que atribuye a la democracia. Odia todo lo que conspira contra su singularidad. Baudelaire escribe en El pintor de la vida moderna: “el dandi debe aspirar a ser sublime sin interrupción, debe vivir y morir delante de un espejo”. Aquí, para la cuestión que nos corresponde, es: ¿hasta dónde?, ¿en la superficie o en la profundidad? Ahora, este proceso de parecer y ser, de creerse persona única y exclusiva no es fácil: O es fácil si la identidad es impuesta desde fuera; el sistema sabe bien quien quiere que seamos.

El dandismo deviene profundo, pues no es sólo el gusto inmoderado por el tocador y la elegancia material. Para Baudelaire estas cosas no son más que un símbolo de la superioridad aristocrática de su espirito. Y el espirito es profundo, alude a la singularidad que emana de su descubrimiento y de su cultivo. Tal tipo de narcisismo sobrevive a la búsqueda de la felicidad, en el encuentro con el otro (lo vemos cuando hablamos de El joven príncipe de Wilde). Uno de los rasgos definitorios del dandismo baudelairiano es el autocastigo. Es decir, este Narciso se castiga a sí mismo, no es castigado por los dioses, el castigo no consiste en inmolarse en una autocontemplación superficial y suicida. Es lúcido, quiere comprender la alteridad, el otro que lo constituye, lo enriquece; aquí tenemos a un Narciso no superficial, suicidándose en la autocontemplación. Su disfraz es un disfraz autocreado.
Bien, nos hemos referido a la alteridad, y ésta la encontramos en Dioniso, pues éste, acoge en sí mismo la alteridad y la hibridez; como el dandi, es un ciudadano “bajo sospecha”. Nacido de la relación de Zeus con una mortal, Sémele. Es un dios porque nació dos veces; una de su madre mortal y otra de su padre divino, una de cuerpo de mujer, otra de cuerpo de hombre. Los celos de Hera instigan a Sémele para que le pidiera a Zeus se le presentara en todo su fulgor. Zeus accedió, Sémele murió calcinada estando embarazada de Dioniso. Zeus extrajo entonces a Dioniso del vientre de su madre y se lo introdujo en uno de sus muslos, donde terminaría de ser gestado. Este segundo nacimiento es la metáfora del acceso a la vida auténtica tras la fase narcisista. “Nacido dos veces”, o “el hijo de la puerta dobles” como se le suele conocer también.
Lo que nos queda de lo dicho arriba es que Dioniso, en el Olimpo, por su estigma de alteridad, se reconoce siempre a sí mismo como extranjero, como el otro, y desde esa alteridad interna se abre al otro –los esclavos, las mujeres, etc.- y a lo otro, la tierra, la carnalidad, la embriaguez que es lo marginal y, por definición, lo más profundo del hedonismo: búsqueda obsesiva del placer en su versión profunda. Estamos, pues, frente a un Dioniso complejo y transgresor.

Mito y literatura
He dejado de último lugar, la relación mito, rito  y creación, dado que, según el recorrido  hecho, podemos comprender mejor cómo la creación, a partir de los rituales que el escritor asume en su proceso de creación, igual que el mito, construye sus mundos posibles, no desde la racionalización escueta del logos, sino desde la intuición, la poiesis o narración válida que el acto de vivir le permite; no es representarse la vida sino vivir la vida, hacer presentación como juego en torno a las inmensas posibilidades ofrecidas por el universo.
En este sentido, pensamos con Joseph Campbell[11], en Las máscaras de Dios, T. I, “Mitología primitiva”, que al hablar de mirar el mito, debe hacerse con ojo de artista, y propone el siguiente caso: “‘Un profesor’, escribió Frobenius en un célebre texto sobre el poder del mundo demoniaco de la infancia, “está escribiendo en su despacho y su hijita de cuatro años corre por la habitación. No tiene nada que hacer y le está molestando. Entonces él le da tres cerillas usadas, diciendo: ¡Toma, juega! Y, sentándose en la alfombra, ella empieza a jugar con las cerillas. Hansel, Gretel, y la bruja. Pasa un tiempo considerable durante el cual el profesor se concentra en su trabajo, pero, de pronto, la niña grita aterrorizada. El padre salta: ¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado? La niña corre hacia él mostrando todas las señales de un gran espanto, ¡Papá, papá!, llévate a la bruja, no puedo tocarla más”. He aquí el proceso de creación en el más puro sentido, “hacer creer” o aceptar el hecho como un “como si”.
También nos apoyamos en la noción de juego de Joan Huizinga que, en su estudio sobre el elemento lúdico en la cultura, escribe: “En todas las frenéticas imaginaciones de la mitología está jugando un espíritu divertido entre los límites de la broma y lo serio”[12]. Hay un elemento importante en esto, “hacer creer”, en el sentido de que se está totalmente embargado por su papel, como un niño al jugar; y, como un niño, el espectador cree, aun así.La cultura es eso, un juego, dice Hizinga. Al estar inmergidos en el juego estamos en nuestra propia realidad; de aquí el sentido de armonía, creación, renovación. “El mundo no está condenado ni rechazado como caída sino penetrado voluntariamente como un juego, o una danza donde el espíritu juega” (Campbell, p. 47), de aquí la importancia del arte, el verdadero arte, el arte en su máxima expresión de presentación.
En el arte  como en el mito estamos en el juego del “como si”, bien actuado, alejado de toda ley, de la esclavitud de la razón, “cuyas leyes no se aplican más allá del horizonte de la experiencia humana”. En ello cuenta la creencia como paso a la honda participación que proporciona la creación. Desde siempre el asunto es entrar a conocer el juego de la creación. Aceptar el juego de creer, “donde diversión, alegría y transe rigen en series ascendentes”. Aquí las leyes positivas (económicas, morales, filosóficas, etc.) desaparecen. Es el retorno al paraíso antes de la caída, antes del conocimiento del bien y del mal, de lo correcto y erróneo, lo verdadero y lo falso, creencia e incredulidad. Se requiere comprender el juego, en tanto que los dioses son verdad como la poesía es verdad. Como son verdad nuestras invenciones de otros mundos.

Dados siempre a la necesidad de definir las cosas hemos perdido ese mundo en el cual uno es eso que piensa y juega. Veamos la siguiente declaración del poeta y crítico inglés A.E. Housman: “La poesía me parece más física que intelectual. Hace un año me pidieron desde América, junto con otros, que definiera la poesía. Contesté que no podía definir la poesía, al igual que un terrier no puede definir un ratón, pero que pensaba que tanto uno como otro reconocíamos el objeto por los síntomas que provocamos en nosotros. Uno de estos síntomas fue descrito en conexión con otro objeto por Elifaz el temanita: “Un espíritu pasó ante mi rostro; los pelos de mi cuerpo se pusieron de punta”. La experiencia me ha enseñado a controlar mi pensamiento cuando me estoy afeitando por la mañana, pues si un verso acude a mi memoria mi piel se eriza de tal manera que la navaja de afeitar deja de funcionar. Este síntoma concreto va acompañado por un estremecimiento de la espina dorsal. Hay otro que consiste en un agarrotamiento de la garganta y la aparición de agua en los ojos. Y hay otro que sólo puedo describir con una frase de una de las últimas cartas de Keats, donde dice hablando de Fanny Brawne, “cada cosa que me la recuerda me atraviesa como una espada”. 

El asiento de esta sensación es la boca del estómago” (citado por Campbell, p. 63).
Cuando Housman escribe que ‘la poesía no es la cosa dicha, sino una forma de decirla’ y cuando vuelve a afirmar ‘que el intelecto no es la fuente de la poesía, que éste puede estorbar su producción, y que ni siquiera se puede confiar que la reconozca cuando se produce’, está reiterando y formulando lúcidamente el primer axioma de todo arte creativo, -ya sea en poesía, música, danza, arquitectura, pintura o escultura-, a saber, que el arte no es, como la ciencia, una lógica de referencias, sino una liberación de referencias y una traducción de la experiencia inmediata: una presentación de formas, imágenes o ideas de tal manera que comunicarán, no principalmente un pensamiento o incluso un sentimiento, sino un impacto” (Campbell, p. 65)[13].
Ahora, la mitología es la madre de las artes, hija igualmente de su propio nacimiento. “La mitología no se inventa racionalmente; la mitología no puede entenderse racionalmente” (p. 65), ni siquiera es, como pretenden los críticos literarios, una metáfora. ¿Entonces es algo innato?; ¿Una ‘señal’ o estímulo supernormal?


Bibliografía:
Baudelaire, Charles (1994), El pintor de la vida moderna. Murcia: Plaza edición
Eliade, Mircea (1973) Mito y realidad. Madrid: Guadarrama.
Gadamer, Hans-George (1997): Mito y razón. Barcelona: Paidós.
Horkeheimer, M. y T.W. Adorno (2003): Dialéctica de la Ilustración: Fragmentos filosóficos. Madrid: Trotta.
Kirk, Geoffrrey S. (1985): El mito: su significado y funciones en la antigüedad y otras culturas. Barcelona: Paidós.
Lévi-Strauss, Claude (1994): Antropología Estructural. Barcelona: Altaya.
Losev, A. F. (1998): Dialéctica del mito. Santafé de Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.
Malinowski, Bronislaw (1995): Estudios de psicología primitiva. Barcelona: Altaya.
Paramio, Ludolfo (1971): Mito e ideología. Madrid: Alberto Corazón.

Buritaca, Mayo 26 de 2011-2012


[1] El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española ofrece la siguiente visión del mito: “1. m. Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad. 2. m. Historia ficticia o personaje literario o artístico que condensa alguna realidad humana de significación universal. 3. m. Persona o cosa rodeada de extraordinaria estima. 4.m. Persona o cosa a las que se le atribuyen cualidades o excelencias que no tienen, o bien una realidad de la que carecen”   
[2] Lévi-Strauss define el estructuralismo como la “búsqueda de invariables o de elementos invariables entre diferencias superficiales”.
[3] Ejemplo, los mitemas en el mito de Orfeo y Eurídice: a. la identidad de Orfeo: cantor, músico, profeta y mago; b. La identidad de Eurídice: la unión con Orfeo; c. catábasis o descenso a los infiernos; c, las leyes del Hades.
[4] Demiurgo, en griego demiurgos “creador”. En la filosofía gnóstica, es la entidad que sin ser necesariamente creadora es impulsora del universo. También es considerado un dios creador del mundo y autor del universo en la filosofía idealista de platón y en la mística de los neoplatónicos. Literalmente, demiurgo significa: maestro, artesano; si se resalta el griego significa creador. Según Platón, en “Timeo”, en el principio del universo sólo había: materia informe y caótica; ideas, que son perfectas; el demiurgo, y espacio. Para los griegos el demiurgo es el espíritu que da origen y ordena todas las cosas a partir del caos.
[5] Poiesis, significa “crear”; raíz de nuestra moderna “poesía”. En un principio era un verbo, una acción que transforma y otorga continuidad al mundo. Ni producción técnica ni creación, el trabajo poietico reconcilia al pensamiento con la materia y el tiempo, y a la persona con el mundo. La poiesis conduce a un resultado, tiene como objeto un producto distinto de la actividad misma (un ergón). Se opone a “praxis”, la actividad en acto, que tiene como finalidad la actividad en sí misma (energía).
[6] Jacob Burckhardt, La cultura del renacimiento en Italia. Madrid: Sarpe, 1985.
[7] La muerte como viaje al más allá y la necesidad de que en ese viaje no carezca de alimentos, de ahí la razón, en algunas culturas primitivas, de enterrar a sus muertos con alimentos.
[8] La modernidad quiso absolutos, eso que sea capaz de explicarlo todo.
[9] Martínez Victorio, Luis, “Narciso y Dionisio en W. Pater y O. Wilde”, Rev. Amaltea, Universidad Complutense de Madrid. Número 0. Pgs: 25.
[10]Ver  Ovidio, Metamorfosis, Madrid: Colección Austral, pp. 141-145.

[11]Campbell, Joseph (1999),“Mitología primitiva”,en Las máscaras de Dios, T. I,.
[12]Huizinga, J. (1987), Homo Ludens. Madrid: Alianza, p.5
[13]ARTE.Sentada en el balcón del apartamento en la séptima planta, el papel sobre el piso, con la bahía al fondo, la niña pinta. De pronto:
Papi, papi, mira, en la finca está lloviendo.
El padre observa que, al otro lado de la bahía, donde tiene su tierra y su ganado, el aire es nítido y el cielo no amenaza agua:
No parece cierto, hija.
Claro, papi; mira, en esta, de mi dibujo, sí. (Jairo Restrepo G., del libro inédito Esotéricas y Cotidianas).

martes, 8 de mayo de 2012

EL MITO DE DON JUAN



“Sevilla a veces me llama
el Burlador, y el mayor
gusto que en mi puede haber
es burlar una mujer
y dejarla sin honor”.

Don Juan, también llamado burlador o libertino, trata de un seductor valiente y osado hasta la temeridad que no respeta ninguna ley divina o humana; en algunas versiones se arrepiente al final de sus días, en otras no. En todo caso, es un personaje arquetípico, configurado en la literatura española y con larga descendencia literaria europea, creado por Tirso de Molina, posteriormente recreado en la misma España por José Zorrilla. Ha sido una de las aportaciones literarias y míticas más productivas de la literatura española a la cultura en general: Don Giovanni de Mozart, el Poema sinfónico de Richard Strauss; Don Juan o El festín de piedra  de Molier, Don Juan de Lord Bayron, para nombrar sólo algunos[1]. El personaje es antiguo y fácil de encontrar en Grecia y en la Roma precristiana. El Ars amandi de Ovidio (43 AC- 17 DC) es el primer manual, el más cínico y el más perfecto del amor donjuanesco, y el mismo Ovidio fue un donjuan, con todas sus glorias y sus miserias.
El primer ejemplo del personaje lo creó, según algunos, Tirso de Molina, en su obra El burlador de Sevilla y el convidado de piedra, 1630; según otros, esta obra sería una refundición de otra, conocida como Tan largo me lo fiáis, que podría atribuirse a Andrés de Claramonte. En cualquier caso, hay en el teatro ciertos antecedentes del tipo del fanfarrón y seductor en la cultura popular, en los romances, igualmente el tema del convidado de piedra (quien desprecia a los muertos y acepta temerariamente la invitación de uno de ellos). En consecuencia, el mito debió de existir mucho antes de tomar cuerpo literario.Desde el siglo XVII se dio crédito a la idea de que Don Juan Tenorio existió realmente y fue un caballero malagueño. Se ha especulado que la razón de la elección de tal apellido por Tirso de Molina pudo ser por la similitud con el verbo tener (que induce a relacionarlo con el hecho de la posesión) y con el sustantivo tenor (que lo relaciona con la voz masculina).[]
Don Juan es el mito del disoluto que va de mujer en mujer, del atrevido que convida a cenar a un muerto. Eso significa que el mito hay dos aspectos importantes a tener en cuenta. En primer lugar está Don Juan que vive su vida en absoluta libertad rompiendo todas las normas y reglas preestablecidas. Ni la moral, ni la justicia de los hombres tienen valor alguno, sólo la vida como juego y disfrute tienen sentido. En segundo lugar el mito de la calavera cuyas raíces corresponden a dos rituales principales: el de iniciación de los jóvenes a la edad adulta, y el del  culto a los antepasados, como forma popular de religión. Los cuentos de tradición oral hispánicos todavía recogen motivos esenciales de esas dos fuentes, en particular, el puntapié que un joven borracho propina a una calavera mal enterrada (que en ciertas versiones latinas medievales pertenece a un juez de mala vida, o sea, mal enterrado en castigo a su mal ejemplo) y el doble convite a cenar que se cruzan el muerto así ofendido y su profanador. También quedan ciertos vestigios de la cena necrológica que tenía lugar el Día de Difuntos, como en otras muchas culturas, con amplio despliegue de calaveras entre vasos y platos.  
En dichos cuentos populares se repite la presencia de un cura, como mediador entre “el calavera” y la calavera, así como las reliquias de santos que el sacerdote proporciona al joven para que acuda protegido a su cita con el difunto. Estas reliquias suelen impedir que el último se lleve al otro mundo a su invitado, pero sólo por unos días. Al cabo, el ofensor muere. A veces es conducido directamente a la tumba. Esta muerte sin más, y en plena juventud, es el mensaje fundamental. Para el pensamiento popular  no cabe mayor castigo. Pero también significa que el rito de iniciación ha fracasado. El joven no ha vuelto del reino de la muerte; solamente ha ido. La cristianización del mito (el cura y las reliquias) también ha quedado a medias, pues no concluye en la salvación del alma del joven. Sólo en las versiones cultas, y especialmente en la obra de Zorrilla, se produce dicha salvación y glorificación del arrepentido. Pero, curiosamente, ni en este drama ni en El burlador... aparecen cura ni reliquias protectoras, porque ninguno de los dos parte de la historia de la calavera ofendida, sino de la historia de un libertino burlador de mujeres, que apenas se insinúa en algunos romances tradicionales. La potenciación de este factor, el de la lujuria perversa, convierte al personaje en doble burlador, de mujeres y de difuntos; rasgo literario que puede considerarse español.
Pero si examinamos detenidamente el aspecto esencial, que no es otro que el sentido de la muerte, veremos que en ambas versiones cultas se está más cerca del sentir popular que de la doctrina cristiana, a pesar de la intención de sus autores. En El Burlador... de Tirso de Molina, el Comendador se lleva con él al inmoral al sepulcro, y no hay más. (“Húndese el sepulcro con Don Juan y Don Gonzalo”). El viaje de la muerte concluye ahí. En el segundo drama, el Don Juan de Zorrilla, se produce aquella glorificación y salvación teológicas; pero  es un final claramente postizo.
En la obra de Tirso de Molina el don Juan es un descreído que varias veces manifiesta su nula fe en que haya otra vida después de esta, para premiar o castigar nada. No es el típico mujeriego (como Miguel de Mañara, su presunto inspirador) que peca y se arrepiente. El verdadero Don Juan  está más cerca de la opinión de la gente común que, al menos en Andalucía, sólo iba a la Iglesia el Día de Difuntos, a mantener un vestigio del antiguo culto a los antepasados, únicos moradores de un más allá familiar, sin infiernos ni paraísos. Lo que seduce –o seducía- al público de los teatros no era la leyenda cristinianizada, sino el carácter subversivo del personaje en todos los órdenes establecidos por la sociedad. (“No hubo para él segura vida, ni hacienda ni honor”). 
En cuanto a que también sea un burlador de difuntos, su sentido puede ser el siguiente: el culto a los muertos establecido por la Iglesia, como devoción a las almas del Purgatorio, fue una apropiación –como tantas otras- de aquellas antiguas devociones a los antepasados personales. En ese momento, don Juan representa probablemente el inconsciente del público: toda la sociedad está montada sobre una farsa, o sobre una injusticia: el poder acumulado en torno a la riqueza hereditaria de la agricultura, garantizada por hijos legítimos, habidos de mujeres de honestidad controlada, y bendecida por el más temible de todos los poderes: el de aquellos que dicen hablar en nombre de  los dioses. Ese libertino, salido de sus filas, busca en destruirlo todo. 

Como interés, al margen, conozcamos, ahora, algunas versiones hispánicas del cuento de la calavera. La primera que se reproduce viene del pueblo de Terrinches, en la provincia de Ciudad Real:
El ahorcado convidado
Yo he sentío de las viejas que uno que pasó, un chulo, y había un ahorcao, y dice:
─¡Ah, estás ahorcao! Pero esta noche me caso ─dice─, te convido a la boda ─al ahorcao le dijo el mocico aquel.
Y él ya se casó, y entonces había allí... como lo convidó, estaban comiendo, y entonces le dijo el ahorcao:
─He venío a comer, como me has convidao, pero esta noche a las doce te espero en el cementerio.
Y entonces, en vez de acostarse con su mujer, tenía que ir al cementerio. Y antes de llegar al cementerio, se encontró con una mujer que estaba dando a luz, y tuvo dos melgos [mellizos]. Y entonces, ¿qué hizo él? Socorrerla.
Y [luego, el ahorcao le] dijo:
─¿Por qué has hecho tan tarde?
Dice:
Porque...
Y dice:
─Pos eso te ha salvao, que, si no, estabas como yo.
La versión canaria que a continuación conoceremos es de extraordinario interés, porque integra, como colofón, el episodio de la visita al infierno, las visiones de ultratumba y la interpretación que se hace de ellas, que suele aparecer en algunas tradiciones foráneas, no tanto en las hispánicas:
Un S[eñ]or de este pueblo, iba un día de paseo con otros varios y por echársela de curro al pasar por el cementerio vio una calavera y le tocó con el bastón en la cabeza, diciéndole: "Mañana estás convidado a almorzar".
Al día siguiente serían las 10 de la mañana, un caballero bastante empaquetado le tocó a la puerta. Fue a ver lo que quería y le dijo: "Que cumpliendo con la invitación que la tarde anterior le había hecho, venía a almorzar". El de la broma se quedó medio muerto al ver la trasformación de la calavera. Almorzaron y a la conclusión le dijo: "Yo he venido a su convite, pero ahora lo convido para que dentro de 10 días, me haga una visita y me acompañe a comer, para lo que tendrá un caballo a la puerta de su casa al romper el día, con el fin de que lo conduzca a mi palacio".
Llegó el día tan temido para el pobre que convidó a la calavera, y se encuentra el caballo atado a la puerta. Temblando como un tullido se montó en él y después de caminar unas seis horas, llegó a una gran casa, situada en un punto donde nunca había estado. Salió la calavera a recibirlo y lo condujo a una habitación suntuosamente arreglada.
Al poco tiempo, principiaron a servir la comida y notó el caballero que tres señoras lo hacían. La primera muy compuesta entraba de frente y era muy amable, la segunda de medio lado y con malos modos, y la tercera de culo y con una cara de diablo. Admirado le preguntó al cadáver qué significaba aquello, a lo que contestó que había sido casado tres veces; que con la primera mujer se llevó bien y por eso estaba contenta; que con la segunda tuvo porción de refunfuños, y por eso estaba enfadada; y con la última siempre estuvo de pleito, y por eso no quería ni mirarlo. Añadiendo: "Y tu da gracias al cielo porque yo estoy en gracia de Dios, porque, si no, te llevaba ahora al infierno. Que eso te sirva de lección para que respetes las almas del otro mundo, ¡vete!".
El caballero salió atemorizado, jurando no volver a bromear con cosas sagradas.
Esta otra versión del relato, sin el colofón de las visiones de ultratumba, es representativa de la tradición oral del departamento de La Paz, Bolivia:
El cadáver ofendido
Una vez había un hombre colgado de un árbol. En ese momento un joven pasaba por ahí y se burló del hombre colgado. Se puso a tirarle piedras y a decirle que le siguiera, y se fue. Al día siguiente volvió a pasar por allí, y lo hizo lo mismo. Y así varios días hizo lo mismo. Un día, cuando se disponía a burlarse del ahorcado, escuchó una voz que le dijo:
─El alma de un muerto no debe ser molestada.
El joven hizo lo mismo y le tiró piedras. Entonces, el ahorcado bajó del árbol y le siguió. El hombre logró esconderse en la capilla del pueblo, pero el ahorcado le siguió repitiendo:
─El alma de un muerto no debe ser burlada.
El padre de la capilla le dijo que había una forma de evitar que el ahorcado se lo llevara y era que esperara con las puertas abiertas al ahorcado, rodeado de niños que estuvieran despiertos hasta la media noche. El hombre mantuvo despierto a los niños, pero cinco minutos antes de la media noche estos se durmieron como por encantados. Entonces el alma del ahorcado entró a la casa y se llevó al joven al infierno. Me lo contó mi abuelito.

He aquí una importante versión panameña, con una introducción original ─lo que nos dice de  la capacidad de sincretismo cultural en torno a las leyendas o historias, ese modo de viajar lo foráneo y arraigarse en territorios─, al mismo tiempoque impregna el resto de la trama de extraordinarios ingredientes novelescos:
Entre los cuentos narrados por José Gabino Rivera L. se destaca un Profano en el Cementerio, donde hace gala de suspenso y dominio del lenguaje vernacular de nuestras campiñas.
Dicen que una vez se encontraba en el cementerio del pueblo un grupo de campesinos haciendo una sepultura para enterrar a un señor que murió de manera natural; era un señor viejito y pobrecito. Varios dijeron que ya estaba de quitar, por eso no se escucharon llantos ni lamentos y en el velorio de cuerpo presente solo rezaron un rosario; hasta dicen que el rezador no rezó la parte que dice: “Rezamos este rosario por el alma del difunto y pedirle al Señor que si en alguna pena estuviere, que se sirva de cogerlo por la mano derecha y llevarlo al refresco de la Gloria Eterna”. Amén. Según la opinión de los asistentes, el alma del difunto fue rumbo al purgatorio, ese cuerpo había que entregárselo a la tierra ya. Por eso, el entierro fue ligerito.
Así se encontraban afanados en el cementerio entre conjunturas y comentarios cuando se presentó un hombre alto, fornido, bien vestido, montando un potro azulejo patiblanco de muy buenos andares. Se apeó de su caballo y se acercó a ellos con una botella de seco ordinario en las manos.
Buenos días, señores.
Buenos días, señor.
La respuesta fue en coro, pero expresiva. Con una mirada larga y turbia por los efectos del licor recorrió el cementerio y finalmente habló:
Allí en aquella esquina están papá y mamá enterrados cerca uno del otro, pero hoy no puedo visitarlos porque ando apurado. Supe en la cantina que ustedes estaban aquí y quise distraerles un trago.
La botella pasó de mano en mano, la ronda fue completa y, cuando volvió a sus manos, se empinó un trago grande, trepó un pie sobre el ataúd y les dijo:
Vengo a invitarlos a mi junta de cortar arroz, habrá mucha chicha de la buena.
Hubo una pausa. En ese momento, el sepulturero sacó envuelta en una palada de tierra una calavera casi completa. De inmediato los campesinos se quitaron el sombrero y se santiguaron en forma reverente. El visitante se acercó a la calavera, le pegó una patada y le dijo:
Tu también vai a la junta, Ñato pendejo, pa’ que tome chicha fuerte y comai buena comida a lo mejol te muriste de jambre.
Los campesinos se volvieron a santiguar. El borracho montó su caballo y se retiró diciendo palabras vulgares acompañadas de carcajada que se escuchaban desde lejos.
“Con los muertos no se juega”, expresó uno de los más viejos del grupo.
Allá en el otro extremo lejano del arrozal, pegado a la montaña apareció un hombre alto, flaco y amarillo con ojos muy hondos, dentadura grande y brillante. Tenía un sombrero hundido en la ceja y cortaba mucho arroz, y le solicitó al dueño de la junta  que  le  pagara  el  peón  mañana.
Mi trabajo será en la Iglesia del pueblo a las doce de la noche; no falte, lo estaré esperando.
Al presentarse, a las doce, le dice el extraño hombre:
Destape esta bandeja.
Y al destaparla se le apareció una calavera sangrante que le habló enseguida:
Mire señor, Ud. me pateó en el cementerio, y ahora pagará su culpa.
El hombre huyó, se cayó, se levantó, gritó y rezó. Cuando se sintió perdido, se abrazó con desesperación al púlpito, y allí lo encontró muerto el sacristán al día siguiente, cuando abrió la iglesia para la primera misa dominguera.
Los campesinos estaban seguros de que era un castigo de Dios por profanar a los muertos.
Nadie se atrevía a enterrarlo, ni nadie podía explicar el motivo de la tragedia. Solo los campesinos que enterraron al viejito  estaban  seguros  de  que  era un castigo de Dios por profanar a los muertos.
La siguiente versión es singular, muestra de manera ejemplar de qué modo los relatos viejos y venerables sereciclan y se actualizan con proteica diligencia en toda época y lugar, incluyendo el hoy y el aquí (o el cualquier sitio). Está editada en una página de Internet llamada Estasmuerto.com (la dirección http://www.estasmuerto.com/leyendas/la_cena.html); la página alberga todo tipo de historias, leyendas y rumores, con la única condición de que sean sangrientos, siniestros y macabros, y de que entren de lleno dentro del género literario que llamamos leyendas urbanas, tan de buen recibir por jóvenes y adolescentes. La persona que escribió esta leyenda en tal página se identificó como “Shakita” y, aunque señala que “se cuenta en mi pueblo”, no identifica cuál es su pueblo (¿de España?, ¿de Hispanoamérica?), por lo cual resulta insostenible conocer detalles de la geografía de esta leyenda, vieja y nueva al mismo tiempo.

La cena
Se cuenta en mi pueblo que en tiempos de guerra había una familia rica de la que todos sentían envidia. Había dos chicas en la familia. La mayor, ya casada, tenía 21 años, y la más pequeña, 18.
En la época en que estaban era muy difícil conseguir comida y, a pesar de que el pueblo no vivió la guerra en profundidad, también se dejo sentir la hambruna. Los guerrilleros decidieron así acabar con la familia para apropiarse de sus pertenencias. Entraron en la casa por la fuerza y se llevaron a los padres, los asesinaron y dejaron los cuerpos en un bosque cercano. Las hijas no tuvieron mejor suerte. No solo fueron asesinadas,sino también maltratadas y violadas; sus cuerpos acabaron mutilados por completo.
Abandonaron los cuerpos en lugares muy separados. Era como si quisieran torturarlas en vida y también en muerte. Esa misma noche, unas de las pocas personas con buena voluntad que quedaban en el pueblo, se acercaron, recogieron los cuerpos y los enterraron. Cuentan que las gentes volvían la cara al ver el cruel estado de las jóvenes, las ropas rasgadas, las caras desfiguradas, los pechos cortados y sangre, sobre todo mucha sangre.
Pasados ya los años, un grupo de jóvenes decidieron acercarse, para demostrar su valentía, al lugar donde se había colocado la lápida de una de las dos hermanas. Uno de ellos, el más ebrio de todos, y el que había propuesto la idea, decidió tomar una pala y desenterrar el cuerpo para ver si aquella leyenda era verdad o solo ficción. Comenzó a cavar, bajo las miradas atónitas de los demás. Efectivamente, allí reposaban los restos de la hermana mayor, pero el joven no se conformó con esto, sino que sacó la calavera y le pegó una patada diciendo:
Yo he sido valiente desenterrándote, ahora sélo tú y hazte presente en cuanto den las doce. Si lo haces, pagaré tu esfuerzo con los mejores manjares que hayas probado jamás.
Y concluyó con una carcajada. Luego marcharon, dejando la pala al lado de la tumba profanada, para que todos pudieran ver su hazaña.
Poco tiempo después, cuando el chico había vuelto a casa y dormía, sonaron las doce. Tres golpes secos retumbaron en el caserón donde vivía. El criado, asustado, se dirigió hacia la puerta, la abrió y vislumbró una sombra negra. Esta avanzó hacia él y dijo:
¿Está vuestro señor en casa? Tengo una cena pendiente con él...
La voz parecía algo desgarrada, pero al criado le pareció femenina. Subió el criado, y le comunicó a su amo que una joven deseaba verlo, y que decía algo de una cena. El chico no daba crédito a lo que oía, y pensó que era una broma de sus compañeros. Así que se vistió de gala y bajó.
Creyendo encontrarse ante uno de sus amigos, decidió ordenar que se le sirviera lo mejor de su despensa, y así demostrar no tener miedo. Habiéndose sentado, el misterioso invitado habló:
¿Esto es lo mejor que me tenéis reservado? Caballero, creí que erais hombre de palabra.
Oyendo esta voz, el chico se puso en pie, pues no descubrió a ninguno de sus amigos tras ella. Aquella silueta se levantó, dejando ver una de sus manos, que erizó el pelo al chico. Se acercó lentamente mientras recorría la capucha de la túnica para dejar ver su rostro... El chico quedó paralizado, pálido y cayó desmayado.
Al oír el golpe, el mayordomo se acercó y encontró a su amo tendido en el suelo. Su invitado había desaparecido, pero no sin antes dejar una nota que decía: "Dejad a los muertos descansar en paz".
Cuando el chico despertó, todos preguntaron qué ocurrió. Entonces el chico balbuceando consiguió decir:
...N,n,nooo...d,despper..teiss a los...muertt...muertos...
El chico nunca se recuperó de aquello, y se suicidó poco tiempo después.
Cuentan que aquel espectro le atormentaba día y noche, reclamando aquellos manjares. La casa donde vivió el joven ha sido convertida en una casa rural y, según cuentan, aún hoy se siguen oyendo los lamentos de aquel chico, y se ve la sombra de quien le atormentará siempre. La verdad que yo no lo he visto, pero, sinceramente, prefiero no comprobarlo...
Es evidente que los relatos mencionados atrás están emparentados por más que tengan  acentos diversos: introducciones, tramas, desenlaces, tópicos o adornos; el caso es que es más lo que les une que lo que les separa.

El mito de Don Juan en Tirso de Molina
Argumento del texto de Tirso de Molina, el fraile mercedario:
Don Juan Tenorio, hijo de noble familia sevillana, huye de Nápoles después de burlar a la duquesa Isabela, en cuya habitación había penetrado fingiéndose el duque Octavio, su prometido. Naufraga en las playas de Tarragona, es llevado a la cabaña de una pescadora, Tisbea, la seduce bajo palabra de casamiento y huye luego. Llega a Sevilla; entra en la casa de doña Ana de Ulloa, hija del Comendador don Gonzalo, debido a que consigue interceptar una carta de aquella en que citaba a su prometido el marqués de la Mota. Cuando a los gritos de doña Ana, que advierte el engaño, acude su padre, don Juan lo mata y se da a la fuga. Mientras prenden al marqués de la Mota, don Juan huye a Dos Hermanas a tiempo en que está para celebrarse allí una boda de campesinos; aleja el novio con engaños y seduce a la novia deslumbrándola con sus riquezas y la promesa de matrimonio.
Después de dejar a la infeliz campesina regresa a Sevilla. Cierto día encuentra en una iglesia la estatua del Comendador, que él había matado, puesta sobre su tumba; la escarnece y la invita a cenar; el Comendador acude al convite y le invita a su vez para otra cena en su propia sepultura.

Don Juan acepta, pero al tender la mano a la estatua, siente que le penetra por ella un fuego que le mata. Grita, pide confesión, pero ésta no llega y muere como un réprobo.

Atiéndase bien a este desenlace, porque es indispensable para entender el drama de Tirso. A lo largo de toda la obra se le amenaza a don Juan con el castigo que pueden acarrearle sus acciones.

Tisbea había tratado de asegurarse de la promesa de matrimonio de don Juan, diciéndole:
“Advierte / mi bien, que hay Dios y que hay muerte”, a lo que responde para sí don Juan, con palabras que ha de repetir muchas veces con cínica temeridad: “¡Qué largo me lo fiáis!”
La España de la época del surgimiento del mito literario era el colmo de la inmoralidad en todos los sectores sociales: la burocracia presidida por el rey, la sociedad civil y el clero, era particularmente notable en Madrid, al fin y al cabo era la capital del imperio más grande del mundo y como tal, recogía lo selecto y la escoria de todo el mundo.
La Iglesia española salía apenas de la gran herejía de los alumbrados, que mezclaba excesos de arrebato místico y de erotismo e invadía iglesias y conventos de toda la península ibérica.
"La desvergüenza en España se ha hecho caballería" afirmaba Aminta, una de las engañadas por "el burlador de Sevilla" y eso se aplicaba a la burocracia y a la sociedad civil. Las escaladas de conventos y los raptos de novicias con hábito eran, por entonces, materia común. Legendarios fueron los amoríos del rey Felipe IV (un don Juan avanzado) y los de Sor Margarita de la Cruz, del convento de San Plácido, amores en los que participaban la abadesa, las dueñas y los Catalinones o los Ciuttis cortesanos, como en el teatro.
Parece que el modelo por excelencia para la pieza de Tirso de Molina fue Don Juan de Tassis, Conde de Villamediana, hermoso varón, elegante y arrogante, adorado de las mujeres, gran alanceador de toros y mejor espadachín, atropellador de todas las honras femeninas que se le ocurrieron o atravesaron y cuya osadía de ostentación llegó al colmo cuando en un torneo de toros salió a la plaza con una divisa en su lanza que decía: "Son mis amores reales". Don Juan de Tassis fue asesinado de un tiro de ballesta una noche oscura en una calle de Madrid. La décima que lo recuerda, atribuida a Góngora, a Quevedo y a Lope de Vega, comienza así:
Mentidero de Madrid,

Decidme, quién mató al conde?

Y termina afirmando:
La verdad del caso ha sido

Que el matador fue Bellido

Y el impulso soberano.

Parece ser que este fue el Don Juan que el abate Tirso de Molina inmortalizó. No es un seductor, pues aunque las mujeres se le quieren entregar, prefiere tomarlas por atropello y con engaños, procurando ofenderlas y lastimar lo más a los deudos, padres, maridos, novios o hermanos; y si en ese camino los hiere o mata, es para su mayor gloria, que publica a los cuatro vientos. Otras veces prefiere no matarlos, para que sean ellos mismos quienes canten su ofensa. No es un inmoral, pues no hay reproche que lo afecte ni remordimiento que lo aborde; no hay norma para él, aunque cree en el Dios cristiano; su conducta no es inmoral, es inconsciente, es "amoral". En los lances va hasta el fondo, aunque se levaya la vida, la cual tampoco tiene en mucho aprecio, pues siempre vive al día.
Tiene un sirviente fiel, por miedo y por conveniencia, pero irritado, que desaprueba sus atropellos pero lo desembaraza de percances; muchos autores, han querido ver en ello una conciencia popular.
Don Juan es el hombre disoluto, es decir, desatado, disuelto en sus identidades hasta llegar a ser todo y a ser nada. Moral anárquica, explosiva, proliferante. Su eco viene a ser el Fausto de Goethe; hombre que quiere alcanzar la medida del universo. Don Juan no persigue a individuos, sino al género femenino. La mujer que lo atrae es siempre la mujer de otro. No seduce, burla más bien; formula una promesa verbal (normalmente, de matrimonio). La mujer es un objeto a conquistar. El fin perseguido no es el enamoramiento, a veces ni siquiera el acceso sexual: es la deshonra, la fama de la mujer, maltrecha por un hecho público. En fin, Don Juan se caracteriza por no volver sobre sus conquistas. El encuentro es siempre singular, la primera vez es la última. Reconvenido siempre por su criado, le reprocha su mala vida pero no puede separarse de él. De algún modo, es su pareja. Don Juan no encuentra nada dentro de las mujeres que burla, pero tampoco renuncia a seguir burlándolas. Aquí lo que hay es compulsión, repetida compulsión.
¿Por qué el género femenino no lo satisface y necesita insistir en la escena de la deshonra? Una clave la proporciona el propio Tirso al redactar el Burlador, cuando «tacha» la figura de la madre de Don Juan.Conocemos a su padre, que reprueba su conducta, sin éxito. Pero de su madre nadie habla. ¿No se sabe quién es o fue, no se debe o no se puede hablar de ella? ¿Busca Don Juan a su madre en la mujer deshonrada como género femenino objeto de deshonra? ¿Se identifica él mismo con ese fantasma materno?
Al faltar la madre la familia se derrumba. Al no haber familia, el personaje no acepta límites, terrenos o ultra terrenos; desafía el más allá, en la figura del muerto-vivo que asiste a su cena (la última de Don Juan). Al no tener madre, su juego es disimular su identidad; la madre, acaso, transmite una marca a su honra; tenemos certeza de que la madre es la madre, el padre siempre está en duda. Identidad fallida en el sentido de que no hay lugar en el tejido social. Estrictamente, a Don Juan no le interesa amar ni hacer el amor, no es su placer ni el de la mujer conquistada lo que persigue, sino la deshonra, es decir el estado público de la fama de una mujer en la cual se deposita el honor del clan. Acaso por esto le hace falta que la mujer asediada pertenezca a otro: el clan es siempre el otro, el verdadero y último propietario de la honra/deshonra.
El Don Juan es la respuesta moderna a la ideología del amor cortés, el petrarquismo y la amada lejana de los trovadores. Es una suerte de Maquiavelo del amor, que demuestra cómo el amor desaparece al profanizarse, lo cual confirma un vieja teoría  sobre la cortesía amorosa del Medioevo tardío, que encubre una religión prohibida por la Iglesia, la religión de las diosas madres y abuelas. Sin la sacralización del ser amado, no hay amor, no hay persona amada, no hay vínculo entre el amante y su objeto. La mujer se convierte en cosa y el sexo en deshonra. A Don Juan le pasa lo que al enamorado Petrarca: ve a la mujer en todas partes, a escala cósmica, pero no la haya en ninguna. En clave de burla, es el enamorado cortés. Don Juan profana el culto mariano, la diosa madre convertida en madre del Hombre Nuevo a través del parto milagroso de la Virgen María, tan fuertemente reverenciada en aquellos tiempos. Don Juan no hallará en el total de las mujeres ni a su madre, ni a la diosa madre, ni a la Virgen Madre a su propia madre. Por eso anda tan desmadrado, tan sin cauce y sin medida. Sólo la muerte pondrá término, razón, coto, a su desmesura.
Estamos, con Don Juan, en el lugar de la perversión, en el sentido de que el perverso es quien no admite su falta, se imagina pleno y sin carencias, con lo cual debe llenar el menor agujero que perciba.El precio que paga es ser disoluto, el ninguneo de sí mismo y de lo otro. Don Juan no se hallará en ninguna mujer, ni como amante, ni como hijo, ni como padre. No tendrá descendencia ni pareja.
Don Juan, acaso, es el símbolo del instinto animal, la libido, la belleza, el deseo, la rebeldía, el ansia de lo absoluto. El sentido fáustico, la pasión del conocimiento, la aspiración de lo absoluto, del todo o nada. En él se conjugan Eros y Tánatos, la vida y la muerte.A don Juan le gustan todas las mujeres, su identidad se construye de conquistas y abandonos. Pero también, cosa singular,no le atraen las mujeres deshonestas, las rameras, las de fama galante y licenciosa, de ningún modo las prostitutas; es incapaz de pagar por el placer. Le gustan las doncellas, las casadas o prometidas honestas, las novicias de conventos, es decir, las únicas que le pueden dar ocasión de burlar el honor. Pero no solo burlar a la mujer, también al marido, el prometido.
Molière, es el primero en intelectualizar el personaje y que, según los historiadores del mito, tuvo escaso éxito al estrenar en 1665 Don Juan ou le festin de Pierre, en París. Moliere presenta al protagonista como ateo y suicida que lleva a cabo una sarcástica defensa del libertinaje y la hipocresía de la sociedad francesa de entonces. Aquí lo vemos con capacidad razonadora y la aplica para defender su libertad de amar, pensar, de obrar. Y rechazar el falso honor de la fidelidad argumentado que: “la constancia es ridícula”, que “todo el placer del amor está en el cambio”, “toda mujer tiene derecho a ser amada”.
 El Don Juan de Moliere no representa al pecador, sino al rebelde social; es el “héroe negativo”, en su historia el primero absolutamente ateo, pero humanista, es decir, representante perfecto del librepensador de la sociedad francesa del siglo XVII. Hay aquí una racionalización del mito que lo desvincula de lo religioso. Es undon Juan que no es castigado por sus fechorías eróticas, sino por su talante librepensador. Si Moliere tuvo una intención satírica contra la conducta de la aristocracia francesa, paradójicamente su obra ha quedado para la crítica moderna como una apología de la “libertad de amar” (leer monólogo pp. 135-136).

José Zorrilla, Don Juan Tenorio
A finales del XIX se escribe la recreación española del Burlador más estimada y conocida popularmente; el Don Juan Tenoriode José Zorrilla, subtitulado Drama fantástico religioso, escrito en verso y estrenado en Madrid en 1844. Considerado el más Don Juan de todos los don juanes, y el más humano.Si los autores extranjeros, con Molière a la cabeza, intelectualizan el mito, es el español Zorrilla quien lo sentimentaliza, es decir, lo convierte en la expresión del “triunfo del amor” y por ello es el más conocido y admirado por el público medio y, además, se representa cada año en España el día de los muertos. El Tenorio de Zorrilla encarna el tipo capaz de amar sinceramente y en el momento en que se enamora, él deja de ser un verdadero don Juan:          
                        “Tan incentiva pintura
                        os sentidos me ajena,
                        y el alma ardiente me lleva
                        de su insensata pasión.

Zorrilla califica a su personaje con las expresiones específicas al registro romántico: “pirata”, “diablo en carne mortal”, “vendedor de mujeres”, “jugador”, “seductor”, pero también “franco como un estudiante”, “diestro”, “gallardo” y “valeroso” :

                        Un mozo sangriento y cruel,
                        que con tierra y cielo en guerra,
                        dicen que nada en la tierra
                        fue  respetado por él.
                         Quimerista, seductor
                        y jugador con ventura,
                        no hubo para el segura
                        vida, ni hacienda, ni honor.”      



La salvación del personaje pecador viene por el amor que nace en Don Juan por doña Inés. Dios le perdona porque ha logrado amar y sufrir, y porque se ha arrepentido del mal que ha hecho destrozando corazones a diestro y siniestro con discursos amorosos falsos de carácter romántico. La mujer que logra domesticarlo a través del amor es doña Inés, la elegida para el trono junto al rey de la virilidad, el hombre que no se dejaba atrapar, el galán que huía de todas, despreciándolas.
El Don Juan de Zorrilla, necesita sentirse siempre deseado por todas las mujeres, pues lo que más le preocupa es “el qué dirán”, su prestigio social como semental irresistible. Conquistando mujeres, don Juan reafirma su identidad, su virilidad y, sobre todo, su poder, basado en su patrimonio sexual y amoroso. Don Juan desea suscitar envidia en los demás machos y quiere, en parte, marcharse de la vida de las mujeres mancilladas para permanecer en sus corazones como el hombre ideal, el amor inalcanzable, la espinita clavada, el deseo no satisfecho.

Ahora bien; las mujeres se enamoran física y espiritual mente porque precisamente se aparta de ellas, la persona de Don Juan queda mitificada por la distancia y la imposibilidad de satisfacer el deseo de tenerlo bajo su dominio. Es deseable porque es efímero, porque no es marido, sino amante fugaz. Si se enamora, el mito sería dañino para el imaginario de las mujeres. Ellas lo que desean es fantasear con la posibilidad de la rendición del cazador cazado. Se atreven porque constituye un desafío, y porque su objetivo es ambicioso: lograr poner a sus pies lo que ninguna otra hembra ha conseguido. Así, ellas se sienten especiales cuando logran que el eterno vividor asiente la cabeza junto a ellas; el mérito es mucho mayor si es más difícil conseguirlo.

Leamos el siguiente fragmento más famoso de Don Juan, el monólogo en el que él trata de vencer las resistencias de Doña Inés con un discurso:

¡Cálmate, pues, vida mía!

Reposa aquí, y un momento


olvida de tu convento

la triste cárcel sombría.


¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más pura la luna brilla

y se respira mejor?


Esta aura que vaga llena

de los sencillos olores

de las campesinas flores

que brota esa orilla amena;

esa agua limpia y serena

que atraviesa sin temor

la barca del pescador

que espera cantando al día,

¿no es cierto, paloma mía,

que están respirando amor?


Esa armonía que el viento

recoge entre esos millares

de floridos olivares,

que agita con manso aliento;

ese dulcísimo acento

con que trina el ruiseñor

de sus copas morador

llamando al cercano día,

¿no es verdad, gacela mía,

que están respirando amor?



Y estas palabras que están

filtrando insensiblemente

tu corazón ya pendiente

de los labios de don Juan,

y cuyas ideas van

inflamando en su interior

un fuego germinador

no encendido todavía,

¿no es verdad, estrella mía,

que están respirando amor?


Y esas dos líquidas perlas

que se desprenden tranquilas

de tus radiantes pupilas

convidándome a beberlas,

evaporarse, a no verlas,

de sí mismas al calor;

y ese encendido color

que en tu semblante no había,

¿no es verdad, hermosa mía,

que están respirando amor?


¡Oh! Sí, bellísima Inés

espejo y luz de mis ojos;

escucharme sin enojos,

como lo haces, amor es:

mira aquí a tus plantas, pues,

todo el altivo rigor


de este corazón traidor

que rendirse no creía,

adorando, vida mía,

la esclavitud de tu amor.

El Don Juan de Zorilla es fruto del Romanticismo. La obra de Zorrilla nos puede servir de base para analizar las características del personaje de Don Juan y encontrar los rasgos que le han permitido convertirse en un verdadero arquetipo humano.
La característica del personaje del burlador en la obra se realiza de tres maneras; conocemos el carácter del burlador a través de sus hechos, de las descripciones que le hacen los demás, y de lo que él habla de sí mismo.
Ya las primeras palabras dichas por don Juan ("¡Cuán gritan esos malditos!(...)") revelan un rasgo importante de su personalidad. Es impaciente, insumiso y arrogante. Luego, antes de su segunda aparición, oímos a Gonzalo decir, que Tenorio y Mejía son los mozos "más viles" de España. Centellas añade:
don Juan Tenorio, se sabe,
que es la más mala cabeza del orbe,
y no hubo hombre alguno
que aventajarle pudiera
con sólo su inclinación
(...)

Todo esto nos prepara para la escena con Luís Mejía, donde nos enteramos de la boca del mismo protagonista de la escandalosa y llena de vilezas vida que lleva:

Por dondequiera que fui
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé,
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Ni reconocí sagrado,
ni hubo ocasión, ni lugar
por mi audacia respetado;
ni en distinguir me he parado
al clérigo del seglar.
A quien quise provoqué,
con quien quiso me batí,
y nunca condoleré
que pudo matarme a mí
aquel a quien yo maté.

Probablemente es el fragmento del drama que mejor caracteriza al Tenorio. Su cinismo es desbordante y su audacia causa temor. Está poseído por una obsesión que le lleva a cometer todas estas acciones de las que luego presume.
Comparemos un  poco el Don Juan de Zorrilla con el de Tirso, el más famoso de sus precedentes. El esquema de los personajes es muy parecido: los dos son fanfarrones, seductores, desprecian la autoridad paterna, se burlan de los muertos y la religión. Sin embargo, el protagonista de Zorrilla es mucho más complejo y su matización psicológica es muy rica. El tipo creado por Tirso es más ágil, todavía más cínico, poseído por mayor obsesión sexual, incapaz de reflexiones ni de amor, privado de una vida interna; frío y deshumanizado. De sus palabras se desprende un desprecio hacia las mujeres. Además no cabe duda de que éste es pagano.

Don Juan en la Ilustración
La Ilustración es un movimiento donde la mujer cobra fuerza protagónica. Don Juan vuelve a fascinar en el romanticismo, pero el mito se desvirtúa en el personaje de Lord Byron. Este Don Juan quiere llegar a una mujer que sea todas las mujeres. La Mujer sigue siendo cósmica, pero ahora es la promesa de redención. Es ella quien promete y seduce como ocurre más adelante, en el siglo XXI con la obra de Mario Vargas Llosa, Travesuras de una niña mala, no Don Juan. Los héroes románticos son héroes de la consciencia desdichada, que se enfrentan al eterno femenino como símbolo de la ansiedad universal, de la angustiosa impotencia del hombre para medirse con el universo. Por tal motivo, son tremendamente enamoradizos, al revés de Don Juan, y esta doble inversión los devuelve al mundo del amor cortés. Se enamoran de una diosa con la que no pueden medirse.
Algo del Tenorio vuelve hasta nosotros y se corresponde con el eterno retorno de la búsqueda amorosa como ansiedad, como ocupación del futuro y derrota de la muerte. En efecto, si me aseguro, ansiosamente, de algo que está en mi futuro (el creciente catálogo de mis conquistas amorosas, por ejemplo), aseguro también mi supervivencia, mi no–muerte. El amor, aunque sea en la obsesiva versión del donjuanismo, del sexo no erótico y la cuantificación del ser amado, el amor es fantasía de futuro perpetuo, más que de presente eterno.

El Don Juan contemporáneo

Entre los muchos sucesores de Don Juan –más bien copias o meros homónimos del primigenio- es el Don Juan de los años sesenta: James Bond, creado por Ian Fleming, comparte con Don Juan su necesidad de promiscuidad sexual, la voluntad de poder, y la licencia para matar. Es un Don Juan que aglutina la manera de pensar de la sociedad occidental: violenta y utilitaria, tecnócrata y científica, antisentimental, materialista, y exaltada ante la perspectiva de emociones ilimitadas, y sobre todo, sometida a una tremenda tensión por sistemas políticos antagónicos, el comunismo y el capitalismo, que en “guerra fría” se disputaban el dominio del mundo.
Las chicas de James Bond son mujeres fatales, explosivas, caen en sus brazos sin que él se moleste en cortejarlas con discursos líricos prometiendo amor eterno ni matrimonio, como hacía don Juan. Bond, igual que sus antecesores, tiene buen cuidado de no enamorarse, y en el mejor de los casos, no vuelve a estar más de dos o tres veces con la mujer conquistada para no enajenar su voluntad ni malgastar su precioso tiempo ni caer en peligrosas trampas, pues sus misiones secretas tienen mayor importancia que todos los encantos femeninos juntos.

BIBLIOGRAFÍA[2]
- Jorge Campos, Introducción a Don Juan Tenorio, Alianza Editorial, S.A, Madrid, 1985.
- J.Lasaga Medina, Don Juan, mito finisecular, B.I.L.E. N° 32-33 Diciembre 1998.
- Francisco Márquez Villanueva, Orígenes y elaboración de "El burlador de Sevilla" (Salamanca: Universidad, 1996).
 -Víctor Said Armesto, La Leyenda de Don Juan. Orígenes poéticos de El burlador de Sevilla y convidado de Piedra (Madrid: Librería De Los Sucesores De Hernando, 1908); y Ramón Menéndez Pidal, "Sobre los orígenes de El convidado de piedra", en Estudios literarios (Madrid: Espasa Calpe, 9ª ed. 1968).
-Julio Camarena Laucirica y Maxime Chevalier, Catálogo tipológico del cuento folklórico español: Cuentos maravillosos (Madrid: Gredos, 1995) núm. 470A.
 -Carlos González Sanz, Catálogo tipológico de cuentos folclóricos aragoneses (Zaragoza: Instituto Aragonés de Antropología, 1996) núm. 470A.
-María del Mar Jiménez Montalvo, La literatura oral de Terrinches: géneros, etnotextos, estudio, tesis doctoral (Alcalá de Henares: Universidad, 2006) pp. 918-919.
- Dr. D. Juan Bethencourt Alfonso, Costumbres populares canarias de nacimiento, matrimonio y muerte, ed. M. A. Fariña González (Santa Cruz de Tenerife: Museo Etnográfico-Excmo. Cabildo Insular, 1985) p. 281.
- Yukihisa Mihara, Narrativas tradicionales del Dpto. de La Paz, Bolivia (Hirakata, Osaka, Japón: Seminario de Y. Mihara de la Universidad de Kansai Gaidai) p. 96.
- Alberto Barrera, “Recopilación de cuentos campesinos. Calavera sangrienta maldice a profanador”, en El Siglo.com (Panamá, 13 de enero de 2008). Véase http://www.elsiglo.com/siglov2/Play.php?fechaz=13-01-2008&idsec=7&idnews=61378

Buritaca, 21 de octubre de 2010-2012


[1]Obras con o sobre Don Juan: Escribieron obras inspiradas en este personaje Antonio de Zamora (No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pag
ue); Samuel Richardson, creador del libertino Lovelace en su novela Clarisa Harlowe; Lorenzo da Ponte, libretista de Mozart, (Don Giovanni, 1787); Choderlos de Laclos, famoso por su libertino vizconde de Valmont en su novela epistolarLas amistades peligrosas, 1782;José de Espronceda, el Don Félix de Montemar deEl estudiante de Salamanca, 1840;Azorín;Gonzalo Torrente Ballester,Don Juan y otros muchos (Johann Christian Grabbe, Alejandro Dumas, Carlo Goldoni, Edmond Rostand...) y, más recientemente, Max Frisch. En España fue una tradición teatral constante el representar la obra de Antonio de Zamora y, después, la de Zorrilla, en todas las festividades de Todos los Santos.

[2]El corpus de obras está referenciado en el conjunto del curso.