“Los mitologemas, las figuras divinas, los símbolos religiosos no pueden resolverse a la manera de los problemas; cabe solo remitirlos a ideas, a arquetipos, a figuras primigenias, o como los queramos llamar”, cita Paolo Santar Cangeli a Romano Guardini, citado por Kerenyi (Labyrinth-Studien).
En el caso que nos ocupa, Teseo, el Minotauro y el Laberinto, tenemos un símbolo y el mito que lo circunda es Teseo.
El laberinto, con sus vueltas tortuosas, sus meandros sin vía de salida, representa, quizá, el reino de la muerte, es como si tratase de inculcar en la memoria de los hombres el peligro del tránsito al otro plano. “Es preciso derrotar a los centinelas del umbral”. Es preciso cuidarse de aprender el camino. “la iniciación es, pues, una repetición de la muerte y de los peligros del más allá”, dirá Jean Sercier enL’home et l’invisible, citado por Santar Cangeli.
El laberinto lo encontramos en la civilización minoica y en la Edad Media. En la civilización romana y en el siglo XVIII, en apariencia, pierde terreno, es desacralizado. Sin embargo, sabemos que hoy mantiene constancia. El hombre aún no ha terminado, según C. G. Jung, de perseguir fantasías o imaginaciones sobre la base de “figuras”, de cosas, de personas; de perseguir por vía extra-lógica, es decir, como puntos de fe, pues parecieran estar grabados en nuestra sicología como algo atávico y autónomo, explicaciones a momentos fundamentales de su historia.
El laberinto, como proceso de iniciación, envuelto en concomitancias emotivas se presenta en todas las culturas, de ahí que, trazar este signo se considera un acto mágico o sagrado, entre lo tremendo y lo sublime. El laberinto, entonces, ha tenido y tiene un enlace con el recorrido iniciático, al objeto de llegar al santuario a través de sucesivas pruebas. El símbolo crea, entonces, un concepto y lo representa. La larga vuelta conduce al centro; el camino más largo lleva a la perfección.
El laberinto es doble: sus pasillos sinuosos evocan las torturas del infierno, pero también es el lugar donde se producirá la iluminación. Doble en el sentido de la iluminación y de lo tortuoso.
W.F.J. Knight (Cumaen Gates. A Reference of the Aeneid to the Imitation Pattern) observa: “El laberinto tiene una doble razón de ser, en el sentido de que permite o prohíbe, según los casos, la entrada a un lugar no accesible a cualquiera: sólo aquellos que estén ‘cualificados’ podrán recorrerlo por entero, mientras que a los demás se les impedirá entrar o se perderán en el camino!”, citado por Paolo Santar. La idea que se aprecia aquí es la de “selección”; por ello, en este sentido, hablamos de una representación de las pruebas iniciáticas.
En el símbolo del laberinto, entonces, encontramos el medio de acceso a determinados santuarios, dispuestos de manera que ritos correspondientes se cumplan en el mismo recorrido. En el laberinto, igualmente, se hace presente, la idea de “viaje”, por la forma en la que éste (el viaje) se asimila a las mismas pruebas. Lo que nos dice, en últimas, que el laberinto como viaje, es un proceso insoslayable de la metamorfosis de la que surge un hombre nuevo. Cuanto más difícil es el viaje, más numerosos y arduos son los obstáculos, más se afirma la adquisición de un nuevo yo. Esta conjunción arquitectónica: una cerrada, pesimista, maléfica: la maraña. Otra, abierta, optimista, generosa: la espiral, hacen del laberinto el lugar para construir un yo firme, autónomo; el viajero, al penetrarlas, desea alcanzar la sala central, la cripta de los misterios. Una vez llega a ella el viajero debe salir, volver al mundo exterior, o sea, pasar a un nuevo nacimiento. De aquí la noción de arquetipo, de fundamento al mundo de la naturaleza y del hombre.
Estos aspectos místicos y simbólicos se alimentan de los siguientes mitemas: el sueño angustioso, el camino impedido, la peregrinación del alma, el iter perfectionis a través de la muerte y el renacimiento, la caverna y la imagen de las entrañas; la figura del Centinela del Umbral; la simbología del centro; los aspectos laberínticos de las danzas y de los juegos; los compuestos míticos de la Tierra y el Toro, etc., son elementos o mitemas mezclados con el símbolo del laberinto.
La Tierra y el Toro
Tomemos estos dos elementos en razón del espacio que nos ocupa: Teseo y el Minotauro.
El concepto de caverna nos surge inmediatamente cuando hablamos de tierra, la tierra cubre las cavernas y el mundo de abajo, que es el lado “lunar” o subterráneo del alma humana, el misterio de las Madres, de la muerte y el renacimiento. El descenso a los infiernos que constituye siempre un retorno (lo vemos en el “Manuscrito hallado en un bolsillo” de Cortázar) al seno de la Tierra Madre y a todo cuanto de ella depende.
Un elemento esencial del compuesto mítico del laberinto en su relación con la Tierra es el Toro y su derivado semi-humano; el Minotauro, hijo de la Tierra. “Expresión de fuerzas cthónicas, acogedoras, pasivas y –por esa polaridad sexual…-, símbolo, al mismo tiempo, del principio activo, productor de simiente, el toro ha sido animal sagrado en todas las culturas que domesticaron los bovinos. Recordemos el toro Apis de los egipcios y el papel destacado que juega en la mitología y en la iconografía-babilónica. “En los toros se deleita el Agitador de Tierras”, dice Homero.
En Creta el Toro ocupa el centro de los ritos de sacrificio, como elemento masculino y a la vez víctima de la fertilidad. Es el sujeto-objeto de las caserías de los juegos, su sangre es la sangre del sacrificio, su cabeza y sus cuernos instrumentos sagrados de su muerte y símbolos típicos de los sagrarios cretenses.
En el mito de Teseo y el símbolo del laberinto, téngase en cuenta que el sacrificio del toro se celebra en las cavernas.
En la fantasía mito-poética de los griegos se dan seres compuestos: a media hombres y a media dioses, a media animales y a media hombres. Cada uno de esos seres es la proyección de una situación sicológica: exultación, temor, angustia, etc. Entre esas criaturas compuestas, la fusión del hombre con el toro, que dio lugar al Minotauro, es una de las más geniales, haberlo colocado en el centro del laberinto, del camino de muerte y regeneración, al fondo de la maraña de las entrañas de la Tierra.
Aquí el minotauro no es solo emblema o símbolo de masculinidad, sino que es presentado también como víctima de la hybris[2] que se apodera de Minos, el gran rey, el hombre poderoso, despojándolo de la virtud merced a la cual había sido honrado en toda la tierra: la Justicia; convirtiéndolo, también en transmisor de la venganza del elemento oceánico Posidón, Agitador de Tierras.
“Así, la estructura simbólica del monstruo se completa: queda convertido en símbolo de lo ‘otro’, en nuestro lado de sombra, de la bestialidad que hay en nosotros, en el anti-Teseo; y con ello en ser de la oscuridad que debe perecer para que el hombre viva, liberándose a sí mismo del tributo infamante que debía pagar a las tinieblas.
“Es fácil descubrir el sentido de esa lucha en las tinieblas, por cuanto la misma termina con la victoria del hombre superior, el héroe –y no olvidemos que en el lenguaje de los misterios se ha llamado héroe al adepto, al iniciado, a aquel que, precisamente gracias al proceso de la iniciación consigue el derecho a la vida eterna- con la victoria, por lo tanto sobre la hybris, donde el híbrido compuesto de hombre y de bestia representa todo el lado animal que el hombre debe aniquilar en sí para alcanzar la sabiduría, el conocimiento y, en una palabra, la bienaventuranza del héroe ‘victoria, pues, del espíritu sobre la materia y, al mismo tiempo, de lo eterno sobre lo perecedero, de la inteligencia sobre el instinto, del saber sobre la ciega violencia. La victoria de Teseo sobre sí mismo, el bautizo del hombre nuevo en la sangre del Toro-hombre’ (M Brion, op. Cit., p201)”, citado por Paolo.
J.R.G.
